Hay pocas cosas que emocionen en la filmografía de Paul W.S. Anderson, esta no es una de ellas.
Hay pocas cosas que emocionen en la filmografía de Paul W.S. Anderson, esta no es una de ellas.
Pintaba prometedora por su trama y el talento involucrado, pero termina siendo un proyecto sin alma para las producciones sobre espionaje.
Liviana hasta decir basta. Pero con su naturaleza al estilo Looney Tunes divierte al espectador menos exigente y ávido de una experiencia demente.
Una historia que se cuece en los diálogos, con un estilo incomparablemente atractivo. Muy bien por Soderbergh.
Sin altas expectativas, la película se convierte en una verdadera sorpresa cargada con entretención e insensibilidad ante los disparates que propone.
Cuando se quiere emocionar de verdad, la exploración de la mente humana en circunstancias extremas arroja sabias y conmovedoras películas como ésta.
Escapa de lo que usualmente se ve en materia de animación, para surgir como una verdadera joya del cine.
No apta para quienes busquen estímulos explícitos, es más bien para aquellos que esperan una historia de espectros diferente.
Este es el reflejo de una realidad angustiante que busca anular a la mujer, bajo una investidura moral y política a todas luces arcaica.
Espectáculo visual atractivo con trasfondo político y social contundente: el tipo de blockbusters que necesitamos.