Para deleite de los fans, los temas y mañas recurrentes en la filmografía de Anderson están en su más reciente película, El Esquema Fenicio. La comedia de absurdos, las emociones contenidas, las vergüenzas solapadas, los colores pasteles, diálogos atiborrados de palabras ultra decorativas y florituras, la perfección de los encuadres, los rígidos movimientos de cámaras, los zooms que acentúan lo caricaturesco y la constelación de reconocidas figuras cinematográficas que aparecen desperdigadas como cameos a través del metraje.
En la historia, el patriarca de una familia se ve en una encrucijada, cuando múltiples atentados contra su vida lo llevan a tener unas especies de epifanías religiosas, que decantan en la búsqueda de la reconexión no sólo con su familia sino que también con sus socios de negocios.
Benicio del Toro encarna a este empresario cuyas intenciones no siempre saltan a la vista o son moralmente puras, quien busca mantener con vida a toda costa su imperio económico a punta de una estrategia definitiva. Con tal planteamiento además quiere poner a prueba a su única hija entre nueve hermanos, para potenciarla como heredera de su fortuna.
Cuando el portento de su vida tambalea, este magnate intenta forjar y cultivar vínculos con los que inesperadamente alcanzará una humanidad que se mantenía alejada de su naturaleza, producto de sus esfuerzos capitalistas. La búsqueda de financiamiento para su proyecto, solventando así una persistente carencia de liquidez, lo conducirá a descubrir que la necesidad de entretener ciertos lazos sociales son inherentes a la sostenibilidad de sus intereses.
La acidez de la crítica al “empresaurio” despiadado se refleja por sobre todas las cosas cuando este cree que todos deben hacerle caso en sus mandatos sólo porque él lo ordena. Una demanda de obediencia anhelada que pocas veces le arroja resultados positivos, sobre todo porque termina protagonizado situaciones cada vez más absurdas -subrayándose la firma de Anderson-, mientras su poder se va diluyendo en las arenas movedizas que trata de sortear.
Pero cuando El Esquema Fenicio cae en estos episodios más ridículos, es cuando cabe preguntarse: ¿acaso Wes Anderson se ha estancado en su propio estilo? El perfil de las obras del cineasta es tan distintivo que algunos incluso consideran que es un género cinematográfico en sí mismo. Sin comparación. El tema es que manteniéndose diferente, pulcro y sobresalientemente estético de su ejercicio, en El Esquema Fenicio parece carecer de los elementos suficientes para conectar a nivel emocional.
Hay interpretaciones que se sienten más mecánicas de lo acostumbrado en las narrativas del director. Por momentos el ritmo de la película tambalea. En otros aburre. Los recursos teatrales alejan más de lo que acercan al espectador a lo que los personajes intentan transmitir; como ya se percibía en Asteroid City. Y, sinceramente, la historia tampoco es tan atractiva como cree ser.
El Esquema Fenicio da cuenta de un director que se mantiene altamente firme en su creación visual y en el posicionamiento de estandartes como sellos para su desarrollo fílmico. Sin embargo, tal como su protagonista, también habla de un distanciamiento de la emotividad y del atractivo de fondo en su narrativa. Los seguidores acérrimos de Wes Anderson probablemente la amarán, pero los espectadores esporádicos quizás no tanto. Lo cierto es que Anderson no da con algo que conjugue tan bien sus capacidades desde Isla de Perros (2018).