AVATAR FUEGO Y CENIZAS - AVATAR FIRE AND ASHES

Reseña de Avatar, Fuego y Cenizas: Sólo James Cameron puede montar un espectáculo de esta envergadura, aunque sea un remix de sus obras previas

Hay algo que no falla con James Cameron. A la hora de montar un espectáculo cinematográfico de proporciones apoteósicas, sigue siendo uno de los mejores. En Pandora el director se desata. Y es que ha preferido por años eludir otros proyectos para mantenerse en esa luna donde ha construido todo un universo.

Se trata de una mitología que ha potenciado a través de tres películas y prometiendo -ya sin vergüenza- que vendrán las otras dos.

En Fuego y Cenizas, apuesta por elevar la mayoría de sus componentes al triple. Las visuales, la acción, las emociones, los villanos. No teme a ser gigantesca. A hablar de política, de confrontaciones sociales y cuestionamientos religiosos.

A estas alturas ya nadie desconoce los temas que aborda esta saga. La brutalidad de la colonización, la explotación desmesurada de los recursos naturales, la ambición de poderosos que mandan a otros a hacer sus tareas sucias, la falta de comunión con la naturaleza y la equivocada militarización de la vida como solución ante todo conflicto. Las tres películas han sabido tirar de un hilo para explorar todo eso y más, siendo cruzadas por un melodrama insuflado por el amor entre dos mundos diferentes y cómo entender la construcción de la familia que surge de ello.

Esta tercera entrega propone interrogantes morales distintivas sobre el duelo, la anteposición de un individuo por sobre el bienestar del pueblo o el significado amplio de la paternidad. Mientras estallan grandes momentos de acción los personajes lidian con emociones que no los dejan en paz y conducen sus decisiones siempre con más dudas que certezas. Es la exploración de la vida misma. Como seres que son parte de una comunidad o como entidades independientes. Cameron mantiene eso en el centro y frente para que el corazón de la historia se mantenga latiendo.

Así mismo establece un punto de quiebre definitivo para recalcar que esta mitología no se sostiene sólo en ciencia ficción, sino que también en torno a la fantasía. Desde ese momento, en que la magia se apodera de la realidad de esta ficción, se detona un nuevo conflicto que aporta combustible a la infinita codicia humana y, claro, se vuelve el núcleo de la disputa en Fuego y Cenizas: la posibilidad de operar sin restricciones vitales en Pandora, dígase también “respirar el aire” del lugar.

Quaritch se mantiene como villano, pero logra conseguir una contraparte femenina imponente en Varang. Ella, la representación del desencanto con la deidad Eywa y la radicalización de los Na’vi, se presenta como una antagonista tremendamente atractiva en diseño y personalidad. Su pérdida de fe la conduce a la admiración de la tecnología de las Personas del Cielo y sobre todo la posibilidad de “crear truenos” con su armamento. Misticismo, crueldad y magnetismo se condensan en el personaje de Oona Chaplin. Su presencia es imponente en pantalla y gran complemento para el coronel resentido, con el que compone una buena dupla.

El conflicto constante es inevitable y las batallas son increíbles. En el bosque, en el cielo, en el agua o bajo ella. El choque de fuerzas es dantesco, espectacular, obnubila la vista con tomas espectaculares e imágenes que te golpean en el asiento. Cameron quiere impacto, mandíbulas caídas y pupilas desorbitadas de tanto que busca incluir en la película. Y la verdad es que es hábil en eso. Sigue funcionando.

El problema es que ciertos pasajes tienden a recordar lo que ya viste en las otras dos producciones de la saga. Y hace dudar sobre la verdadera novedad de lo que entrega esta vez. Quizás no es escasez de creatividad, porque las secuencias no dejan de impresionar; sino que son situaciones, momentos, cosas que se sienten como un repaso de lo que ya se vio, pero combinado en una mezcla explosiva que te remite a las películas anteriores. Algo que se refuerza con una banda sonora que no cuenta con motivos inéditos para el oído y tampoco aspira a ser más que versiones de la maravilla que entregó James Horner en 2009.

La sensación que deja es la de una película puente. Por aquí atravesamos para ir más allá. Muchos personajes quedan con su arco abierto. No vemos muerte, pero tampoco resolución. Y, al mismo tiempo: llega la incertidumbre para el futuro de la franquicia. ¿Qué puede haber más allá? ¿Qué puede ser más impactante que esto? ¿Cómo se superará la grandilocuencia que estalla ante la vista del espectador? ¿Acaso ya es tiempo que dejemos Pandora por muy multimillonario que sea su desempeño de taquilla? ¿Cameron debería dedicar su potencial a otros proyectos?

Avatar: Fuego y Cenizas es un tremendo espectáculo. Expande el universo, pero muchos pasajes se sienten repetitivos y eso le resta a una película que se siente más como un pasadizo, antes que una historia con cierre autoconclusivo como sí lo hacían sus antecesoras. Hay más preguntas extra narrativas que satisfacción efectiva. Eso sí, algo está claro: Sólo James Cameron puede montar un espectáculo de esta envergadura, incluso aunque sea un remix de sus obras previas.

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