Lo que era una combinación de buenas ideas se ve pulverizada por la ambición de gestar una nueva seguidilla de producciones a las que sacarle mero provecho monetario. Es, una vez más, lo económico venciendo a lo artístico.
Lo que era una combinación de buenas ideas se ve pulverizada por la ambición de gestar una nueva seguidilla de producciones a las que sacarle mero provecho monetario. Es, una vez más, lo económico venciendo a lo artístico.
Lo que hace esta película por el mito del escualo maligno es poco y nada; algo que es tristemente muy parecido a los niveles de entretención que la película es capaz de entregar.
Esa desacralización del ídolo deportivo, el quiebre entre razón y patología, el cuestionamiento al sano juicio del famoso y sus increíbles visuales, hacen que ésta sea una gran experiencia de terror psicológico.
Después de ver terror superior este año como Sinners, Haz que Regrese o Together; la vara está demasiado alta en el género para aceptar algo como esto.
Sinceramente, te drena la energía. Te vacía el estómago. Te da escalofríos. Y no duda en empujar una lágrima por tu mejilla.
La grandiosa apuesta del director Michael Shanks es tan brutal en las contorsiones improbables que aplica sobre los cuerpos como despiadada en las incómodas es verdades que expone sobre las relaciones amorosas. Imperdible.
No será lo que los fanáticos del horror esperan. Pero al menos apuesta por ser una adaptación distinta del clásico.
Un terror con buenas ideas y una tensión bien manejada, hasta que pierde el control con aspectos innecesarios y detalles que la hacen arrastrarse dificultosa y paulatinamente hasta encontrar una resolución que sorprende. No es una mala experiencia, pero sí es inestable.
Una película que te deja con la gran incógnita sobre por qué se aprueba la producción de una película como ésta, cuando no es capaz de refrescar o entregarle algo nuevo a la franquicia.
Un cambio de tono radical a la historia marca a Megan 2.0, alejándose del terror y abrazando otros géneros cinematográficos.