Kenneth Branagh logra concebir una adaptación de los textos de Agatha Christie que es tan tenebrosa como atractiva.
Kenneth Branagh logra concebir una adaptación de los textos de Agatha Christie que es tan tenebrosa como atractiva.
Una vez más La Monja pasa sin pena ni gloria cinematográfica por el plano terrenal.
Su fondo sin duda es poner sobre la mesa la problemática. El inconveniente es el cómo busca visibilizar eso, la forma.
Un esfuerzo que se vuelve más bien genérico y poco novedoso.
Retrata muy bien la personalidad mestiza, alegre, exagerada, coqueta, ruda, cándida, media bruta y festiva de la persona que vive a este lado del planeta.
Te drena la energía del cuerpo, presionando al espectador con situaciones realmente enervantes.
Una ebullición hormonal, colorida y dispuesta a entregar una hora y cuarenta minutos de contundente diversión.
Definitivamente no es para quienes buscan el drama sesudo o la profundidad de una reflexión filosófica. Esta película es otro tipo de maravilla.
Gran parte de la producción se eleva principalmente por su nutrida cantidad de diálogos, que no hacen más que presionar sobre la ansiedad del que mira.
Mata prejuicios, aplasta la masculinidad tóxica y además pondrá furiosos a los conservadores.