Siempre es agradable ver una película de ciencia ficción con alienígenas que no ponga su mirada sólo en la sobrevivencia a través de un enfrentamiento bélico, para demostrar quien tiene el mayor poder destructivo. Más si la fe de la humanidad está puesta en la necesidad de respetar y explotar el conocimiento científico. En explorar lo desconocido. En adentrarse en espacios inciertos y con consecuencias inesperadas. Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary) es ese tipo de aventura, en toda su ley.
Súmenle la escala del viaje espacial. Lo épico asociado a un diseño de producción alucinante, con efectos prácticos deslumbrantes, títeres, set reales maravillosos y algo de CGI muy sabiamente utilizado. Además, está el protagonista improbable que se dispone a ocupar toda su sapiencia para conseguir la salvación de la raza humana. Junto con una indagatoria sobre los efectos de la soledad y la socialización, de la mano de un alienígena que sorprendentemente, sin contar con rasgos distintivos, logra generar una profunda empatía. Y como remate, un luminoso humor que endulza el proceso que experimentan ambos protagonistas, haciendo de este viaje a la perdición algo mucho más agradable de lo esperado.
La apuesta se envuelve en un manto que pone al centro de todo la comunicación, el entendimiento del ser diferente y la amistad como núcleo de su historia. Un relato que habla de la necesidad de superar barreras para establecer una relación colaborativa, que beneficie a cada parte involucrada en la transacción. Un vínculo que poco a poco va arrojando resultados emotivos ineludibles para el espectador.
Phil Lord y Christopher Miller proponen una narración que equilibra el escenario de urgencia que eleva la tensión con alivios cómicos como frutos de una dupla imposible de héroes. Los directores respetan tanto los procesos psicológicos de los personajes como los alcances de la especulación científica con la que trabajan, logrando un combo explosivo que mantiene atento a la audiencia. Te llevan de la incertidumbre a la risa y luego al borde del asiento y después a las lágrimas. Todo natural. Todo muy bien ejecutado.
Mientras, el guion de Drew Goddard adapta conceptos del libro de Andy Weir lo suficientemente complejos para ser interesantes, pero expuestos de una manera tan accesible que se alejan de lo inentendible. A la par, la interacción de los protagonistas apela a las sensibilidades para construir dos horas y media en que es imposible despegar los ojos de la pantalla.
La pincelada final en el lienzo viene de la mano de Daniel Pemberton, con una banda sonora que eriza la piel. Tiene de lo dramático, lo juguetón y de lo epopéyico. Las melodías completan de manera definitiva la odisea.
Proyecto Fin del Mundo es la majestuosa, épica y sorprendente ciencia ficción que necesitamos. Marca todos los puntos en la lista de chequeo para los amantes del género. Hay motivaciones, hay drama, la trama descansa fuertemente en lo científico, pero no olvida que el foco siempre tiene que estar en las emociones, para lograr conectar. Sin duda, una de las mejores películas que veremos en 2026.