A estas alturas ya le tenemos cariño a Ghostface. El icónico asesino de la saga slasher Scream está incorporado en la cultura pop como un elemento inamovible. Pueden hacer lo que quieran con él, pero allí permanecerá por siempre en el inconsciente colectivo. Pero la iconografía no salva este buque. Su debut fue crítica. Cuestionamiento al sistema de producción hollywoodense de películas de terror. Marcó un hito corrompiendo las reglas que se habían vuelto pauta inamovible. Y estableció un nuevo lore que con el tiempo decayó hasta su quinta entrega.
En ese punto, los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett supieron refrescar la saga repartiendo anti ácidos para los amantes del incipiente “terror elevado” y revalorizando el género en términos masivos populares. Scream VI continuó ese legado. Pero los conflictos extra narrativos y las polémicas políticas de sus protagonistas, Melissa Barrera y Jenna Ortega, detonaron la partida de esa dupla de realizadores conocida como Radio Silence -y de las mismas actrices-, dejando a la deriva la producción de una séptima entrega.
Así fue como, tras mandar a volar a otro director (Christopher Landon), finalmente fue nada menos que Kevin Williamson, el mismísimo guionista y creador original de la saga quien se hizo cargo de Scream 7. Su idea al retomar la historia relata cómo, cuando un nuevo Ghostface aparece en el tranquilo pueblo donde Sidney Prescott (Neve Campbell) ha rehecho su vida, sus peores temores se hacen realidad al convertirse su hija (Isabel May) en la próxima víctima.
Lamentablemente, Scream 7 tiene poco y nada de lo cinéfilo y nerd que caracterizó el despunte original de la saga o el revival con la quinta entrega. Ese espíritu se ha agotado. Confirmado. La crítica al horror se esfumó y termina siendo una parodia de sí mismo -aunque no llega a los niveles de Scary Movie, por suerte-. Y con ello se desvive por mantener en alto la iconografía de un villano que tuvo mejores tiempos.
Es entretenida de ver, pero no entra en el terreno de la innovación. Por lo que no te hereda nada memorable. Depende en extremo de las referencias a las películas previas, pero si no las tienes frescas, éstas son tan veloces que llegan al punto de que pestañeas y te las pierdes.
Hay buenas muertes, nada elaborado pero sí despiadado. Algunas con el ensañamiento suficiente que los fans de la franquicia esperan. Lo mismo con los cameos. Aunque hay que estar alerta, las expectativas sobredimensionadas pueden traicionar.
Así, todos los postulados de Scream 7 se quedan en menciones honrosas. La puñalada nunca es hasta el fondo, dañando órganos vitales. Por ejemplo, quiere quitarle idealización a la maternidad. Busca hablar de las dificultades de la adolescencia con hijos de padres dañados. Intenta cuestionar el uso de la Inteligencia Artificial con fines personales, vengativos y riesgosos. Intenta cortar la retorcida rama de los traumas heredados y pasados malditos. Pero todo queda a medio cocinar.
Scream 7 es la evidencia de que una saga parece agotarse cuando no hay alguien comprometido con una historia decente y con un corazón bien puesto en la esencia de lo que hizo inolvidables a las películas originales. La pregunta cae entonces con peso aplastante: ¿Habrá alguien en el futuro que pueda salvar a esta franquicia de morir desangrada?