MARTY SUPREMO - MARTY SUPREME

Reseña de Marty Supremo: Timothée Chalamet lo da todo en esta descarada oda a un «selfish prick»

Hay cosas que jamás se van a entender, pero resultan llamativas para las masas y se elevan por sí solas. Cosas como: ¿por qué es cautivante la historia de un egoísta y narcisista? ¿Es su carisma lo que hace que el resto lo idolatre y termine resultando seductor? Puede mostrar su faceta oscura una y otra vez, pero hay quienes le seguirán creyendo. Obnubilados lo observarán.

De esas ideas y conceptos nace Marty Supreme. Lo que construye el director Josh Safdie es una película que genera más cuestionamientos que satisfacción. No porque sea un mal ejercicio cinematográfico, sino por todo lo contrario: es una gran película que te atrapa con sus hipnotizantes garras afiladas para arrastrarte a un pantano de dudas existenciales sobre el actuar de su protagonista. Algo que la hace particularmente fascinante. Y es una trama que no sería nada sin la picardía de sus textos y la descarada interpretación de Timothée Chalamet.

El guion es tan dinámico creando situaciones inesperadas, que jamás decae. Llena los ojos entre triunfos y decepciones; engaños y traiciones. Poco a poco el personaje se va delineando y el espectador reconoce que hay objetivos e intenciones, ambiciones y obsesiones; pero todo está permeado por una maldad que sale jugando entre sonrisas, ruegos por perdón y desfachatados diálogos. Marty es incontrolable. Pese a su pobreza de alma, el sujeto busca liberarse de las “trampas” que le ha tendido la vida.

El muchacho tiene un compromiso con su visión y su sueño, pero ¿a qué costo? Su autorrealización va constantemente en desmedro de quienes lo rodean. En contra de su amiga de infancia, de su colega en las estafas, de su compañero de trabajo, de la sugar mommy de turno.

Chalamet pinta su personaje como un “sabelotodo” que parece tener respuestas ante cualquier escenario. La mentira es su moneda de cambio. El próximo timo es su manera de demostrar astucia. Fracaso tras fracaso va labrando su camino. Su soberbia lo perfila y lo condena.

El retrato es completo, gracias al talento del actor que ofrece un registro muy diferente a lo que mostró en Dune, Call Me By Your Name o en Bones and All. A pesar de su cara de adolescente convence encarnando a un adulto que desconcierta a su entorno, pero que no claudica en su búsqueda. Elucubra una treta tras otra. Arrasa con todo a su paso. Y aún así logra la empatía de la audiencia como para ver la película hasta el final. Porque a este insoportable de seguro no te lo quieres encontrar en persona, sólo en el cine.

Entonces, la obra de Safdie detona el efecto más interesante que ofrece: la avalancha de interrogantes que hereda al espectador ¿Por qué queremos que triunfe este individuo, que es más bien un ser despreciable y aborrecible? ¿Por su esfuerzo? ¿Por su incansable ambición? ¿Por su lastimera situación? Es para darle vueltas.

Todo lo que vemos son comportamientos socialmente reprochables. Miente, roba, apuñala por la espalda una amistad y luego otra.  ¿Por qué lo admiramos? ¿Acaso es porque él, como personaje de una ficción, puede salirse con la suya al vomitar su incorrección política; mientras que uno, en tanto espectador o integrante de una sociedad, evita ser funado, cancelado, criticado o apuntado con el dedo, y se mantiene dentro de lo socialmente aceptado?

Da para pensar. Y mucho. Sobre porqué los charlatanes siguen sobreviviendo, en tanto consigan pequeños éxitos y luego pidan disculpas. Con sus artilugios convincentes. Con su talento para zafar de las consecuencias y responsabilidades. Y tal como sucede en Good Time o en Uncut Gems, la escalada de sucesos los conduce magistralmente hacia la gloria y la tragedia. Es por este proceso que el espectador se deja llevar por la película.

Josh Safdie, Timothée Chalamet y todo el equipo de Marty Supreme finalmente lo que conciben es la oda a un «selfish prick». Una persona que sólo se preocupa por sí misma y no tiene en cuenta los sentimientos ni las necesidades de los demás. Un individuo que hace todo lo posible para dificultar la vida del resto de las personas, si eso le reporta ganancias. Es alguien tan egocéntrico que es capaz de lastimar a otros intencionalmente para su propio beneficio. Y, de verdad, a pesar de las contradicciones que genere en la cabeza del espectador, la película consigue esbozar este relato de una manera tan convincente, prolija y atractiva, que es imposible dejar de verla o no tener el anhelo de repetírsela una vez que termina.

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