¿A quién no le ha tocado un jefe que ostenta su cargo como si fuese una justificación para aplastar a los que vienen más abajo en la jerarquía? De esos hay miles y en todos los rubros. La situación es peor cuando hay lazos de sangre que posicionan al mandamás a cargo de la compañía. Los cargos de confianza decantan en amiguismos o en aquellos que se subyuguen sin cuestionamientos a los mandatos de la autoridad. Todo en desmedro de las capacidades que puedan tener el resto de los trabajadores.
¡Ayuda!, lo nuevo de Sam Raimi, viene a dinamitar la ilusión de la meritocracia. Puede que las habilidades estén ahí, pero no serán reconocidas si no te sometes al autoritarismo del «hijito de papá» que controla las decisiones. Eso, hasta que se da vuelta la tortilla.
Raimi nos presenta a Linda Liddle (Rachel McAdams) y Bradley Preston (Dylan O’Brien), dos compañeros de trabajo que se encuentran abandonados en una isla desierta tras ser los únicos supervivientes de un accidente aéreo. En la isla, deben superar sus rencores del pasado y trabajar juntos para sobrevivir.
Las relaciones de poder se invierten cuando es Linda la que resulta ser hábil, no sólo en la oficina, sino que también en el entorno salvaje en el que han caído. Mientras que el bravucón de su jefe queda expuesto como el inútil que es. Un retoño del lujo sin esfuerzo. Un fruto de la ignorancia. Al mismo tiempo que ambos perfiles quedan expuestos, la película habla de la fortaleza femenina en situaciones extremas -si es que no en toda circunstancia- y de la fragilidad masculina al verse incapaz de contrarrestar la trágica situación. Peor aún: habla de la toxicidad varonil cuando es una mujer la que deja en evidencia su ineficacia a la hora de resolver. Es la efectividad de lo práctico frente a la humillación del ego.
Todo esto puede parecer muy denso y complejo, pero Raimi logra retratarlo con su talento especial para el humor y el horror. En una película cuya trama nunca decae y te tiene una sorpresa guardada a cada paso. Para eso aprovecha el talento de sus protagonistas, en especial de Rachel McAdams, que se desvive por el papel y ofrece una actuación sobresaliente. Con esas interpretaciones a la mano, el director despacha sus asquerosidades, su violencia y la acidez de sus comentarios sociales, incluso a pesar de que los efectos digitales no siempre estén a la altura.
Así es como más allá de retratar el desequilibrio de poder a partir del género en un escenario laboral o extremo, la película te conduce por cuestionamientos morales sobre ser o no ser una buena persona. Eludir el arrasar con un diferente sólo porque tiene otras formas para relacionarse, anular el menosprecio hacia otros por tu status social o jerarquía corporativa, matar el ego, etc. Comportamientos que son fácilmente identificables como soluciones, pero que al mismo tiempo se vuelven aspiraciones difíciles de cumplir, cuando el orgullo mete la cola. Sobre todo cuando es la venganza la que comienza a teñir el manto que cubre esta historia de supervivencia.
El asunto es que el punto de equilibrio nunca se alcanza, porque Raimi mantiene su mirada sobre las decisiones egoístas y poco colaborativas de sus personajes. Puede ser un colega robándote el crédito por una tarea que tú cumpliste en la oficina o puede ser la desidia a la hora de ayudar en un contexto de subsistencia desesperada. El balance siempre se rompe.
Estamos en una sociedad tan orgullosa que antepone el beneficio personal antes que el bienestar colectivo. De ahí viene el mensaje más valorable, sincero y a la vez despiadado de ¡Ayuda!: nadie vendrá a salvarte, tienes que sobrevivir por las tuyas. Es un trago amargo, pero es el balde frío de realidad que necesitas. Ráscate con tus propias uñas.