SIRAT

Reseña de Sirāt: Road movie infernal

¿Alguna vez has bailado un psy trance que sale a alto volumen desde amplificadores en medio de una fiesta rave junto a otras personas; liberándote de tus propios prejuicios y menos subyugándote a los de otros? Los movimientos no tienen coreografía. Las articulaciones se sueltan y las extremidades se disparan en todas direcciones. Con calor, la experiencia se vuelve más intensa. Con lluvia y colorida iluminación atravesando las gotas, es surrealista. Es un ritual. Se siente liberador. Los más osados dirán que es transformativo.

Ese es el punto de partida de Sirāt, la representante de España para los Oscar 2026. Película en la que un hombre y su hijo llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer.

En el baile todos se muestran en una especie de catarsis. Si eres de los que busca respuestas explícitas en las películas, esto no es lo tuyo. Mientras, desorientados, el padre y el chico sucumben ante el desconcierto tras no lograr su acometido. Las explicaciones que descubrirán en su viaje son mucho más crípticas y conducen a reflexiones vitales. De la joven no hay rastro, hasta que unos asistentes supuestamente orientan la búsqueda.

Entonces se desata una road movie infernal. Una película que habla tanto de la vida colectiva como de la existencia individual. Cuestionamientos sobre lo que entendemos como rutina y la libertad de entregarse a la improvisación. Alejados de las urbes, los protagonistas se acoplan a una banda de nómades que no se someten a reglas claras. Tampoco son portadores de certezas. Pero, ¿conocen realmente la libertad de esta manera, cuando el resto del mundo indirectamente igual los impacta de una u otra forma? La tensión de la película dirigida por Oliver Laxe se erige en una acumulación de incertidumbres, desafíos, miedos y tragedias que enfrenta el grupo en el camino hacia otra fiesta perdida.

Hasta el nombre de la producción es simbólico y sólo termina de insinuar las implicancias de lo que vemos. Lo que entiende el espectador es conclusión individual. En la cultura Islámica, el concepto remite a un puente que cruza el Infierno y que todos los individuos deben atravesar en el Día del Juicio Final para entrar al Paraíso. Una especie de ruta hacia la iluminación definitiva. Sin duda, a eso se somete el espectador con la obra de Laxe. Un camino lleno de baches que pone a prueba lo físico y lo psicológico de los involucrados en la aventura.

Como si fuesen pocos los intesos sucesos con que Sirāt nutre los ojos, cada vez que irrumpen los beat electrónicos de su incansable banda sonora se acelera aún más el corazón. Las dificultades crecen y se vuelven más desesperantes. Tras cada alegría o alivio que regala, la narración luego te revienta un golpe directo al estómago que deja sin aire y con un nudo en la garganta.

La sal sobre la herida es un conflicto bélico de alcance global acechando en los rincones del metraje. «¿Así se siente el fin del mundo?», cuestiona uno de los personajes. Es que vivir en una ruta hacia ninguna parte parece la única forma de perdurar, aunque no se consigan los objetivos y el sufrimiento se convierta en una pauta diaria.

El calvario que propone Sirāt da para intensos debates. A veces es cine contemplativo, a veces de suspenso y horror. También tiene de lo experimental. Lo cierto es que está construida sobre bases que exigen la inmersión del espectador, entregando una experiencia ante la que es imposible quedar indiferente.

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