Las mejores películas de zombies no tienen precisamente a los monstruos en el centro. Tal como lo hizo Exterminio: Evolución (28 Years Later) en 2025, la saga continúa reflexionando más sobre los humanos en condiciones extremas, antes que entregarse por completo a la acción, la ciencia ficción y el horror. Aunque sin desconocer que esos aspectos están en el núcleo de su naturaleza.
Qué buena manera de ponerse en forma para la directora Nia DaCosta después del tropiezo que tuvo con The Marvels y el discreto estreno de Hedda. Ahora toma la posta de Danny Boyle para sustentar -a pesar de la continuidad- una historia propia dentro del universo post apocalíptico instaurado en 2001. Exterminio: El Templo de Huesos tienen muchas capas para examinar. No sólo es una sólida apuesta cinematográfica, sino que también subraya que estamos aquí para ver más que sangre correr.
Si los últimos minutos de la producción anterior te dejaron absolutamente descolocado, aquí todo cobra sentido. Cuando antes se habló de lo que el sistema espera de ti para sobrevivir, de la militarización de la vida como supuesta solución a los males, del dolor humano en medio de la tragedia infinita y hasta de la aceptación del duelo; ahora la historia decanta en la exploración de la religión como respuesta ante el caos, el miedo como forma de control y la adoración incuestionable como sustento de figuras de poder manipuladoras. La rúbrica de Alex Garland se deja percibir en el guion de manera contundente.
Los infectados están. La desolación también. Pero son sólo el contexto donde se ve aflorar la maldad humana como respuesta a la soledad, la desorientación y una psiquis rota. Jimmy Crystal, el personaje del diabólicamente carismático Jack O’Connell, busca instaurarse como una especie de mesías desencantado con la iglesia. Asegura ser el representante en la Tierra del Viejo Nick y así busca corromper a un séquito de mentes jóvenes, ignorantes e inocentes para que se conviertan en sus acólitos.
Su respuesta al mundo acabado es arrasar con violencia al más débil, bajo la excusa de una supuesta ordenanza del Cola de Flecha. Su comportamiento es reacción al trauma de infancia. Desconoce otra forma de comunión. Su estampa es ordenar aberraciones cometidas de forma colectiva en el nombre de una deidad impuesta a los demás. Así anula a los individuos, los convierte en un culto subyugado a sus amenazas y termina consiguiéndose una especie de secta mortal.
En contraste está la ciencia en su eterna búsqueda de respuestas, cristalizada en la figura del Dr. Kelson, un siempre impecable Ralph Fiennes. Lo más positivo de esta indagatoria es que en su arco expande el universo. Da sentido al mal que azotó a la humanidad y logra interacciones nunca antes vistas en la saga.
Con una cámara más convencional, mucho menos experimental que en su antecesora, la narración de Nia DaCosta se vuelve más brutal para remarcar sus puntos. Pero también tiene momentos hasta tiernos que gozan de una cuota de humor inesperada para el espectador.
Punto destacado también es la oscuridad que le imprime a la película la banda sonora que concibió Hildur Guðnadóttir, reemplazando las melodías más esperanzadoras y juguetonas de Young Fathers. Composiciones que se complementan perfectamente con una colección de inolvidables hits ochenteros, con los que DaCosta consigue uno de los primeros grandes momentos cinematográficos musicales de 2026.
Exterminio: El Templo de Huesos logra brillar por conjugar tanto horror, como drama y gracia. Tiene momentos horripilantes, así como también profundamente impactantes y sinceros. Goza de actuaciones convincentes para mantener la fe en esta distopía y trae consigo múltiples sorpresas que enriquecen el universo en que se desenvuelven los personajes. Ahora sólo hay altas expectativas para el cierre de esta trilogía.