Hay que tener el corazón destrozado para hacer una película como Fue Sólo un Accidente. Destrozado por ver a tu país bajo un régimen que le hace tanto daño a su gente. Que los engaña, reprime, tortura y mata, bajo el estandarte de una teocracia. Un corazón destrozado pero a la vez lo suficientemente valiente para exponer al mundo los horrores del poder.
El nuevo relato de Jafar Panahi es de una simpleza abrumadora, pero logra momentos estremecedores al ofrecer los relatos de la represión en Irán. Muestra cómo las personas quebradas por el autoritarismo que los controla -si es que sobreviven a este-, permanecen en una especie de stasis, prácticamente muertos en vida. Mientras los representantes del régimen viven una vida normal a costa de imponerle las reglas al resto.
La historia de la película sigue a una víctima de violaciones a los derechos humanos cuando se encuentra fortuitamente con quien parece ser su antiguo carcelero y torturador. De ahí en adelante, una rutina aparentemente normal se somete a una escalada de complicaciones alimentada por la sed de venganza.
Panahi retrata a sus personajes moviéndose libremente por una ciudad que parece desenvolverse con normalidad. Se ayuda al prójimo, hay sesiones de fotos, se celebran matrimonios, se comen dulces y se toma Sprite. Pero cada vez que se desatan los diálogos, estos hablan de la incertidumbre real que permea sus diversas experiencias. Donde la paranoia se alimenta diariamente, la desconfianza termina por diezmar la convivencia, la corrupción está enquistada en distintos niveles de la sociedad y la inquietud constante es la forma de navegar este escenario.
No hay grandes efectos especiales. Pura carne y polvo real. Puras actuaciones que ayudan a sostener el punto del cuestionamiento moral sobre lo que los protagonistas están haciendo. ¿La violencia se combate con más violencia o con la benevolencia del perdón? ¿Existe realmente la justicia en un contexto como este?
Las respuestas se encuentran a través de las distintas formas de los involucrados que construye Panahi: el dubitativo pero abrumado por el pasado, el radical y arrebatado, el inconscientemente ignorante, la que necesita de un desahogo, la que cuestiona para actuar con convicción. Muchas visiones se condensan en esta ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2025. Y qué bien merecido se tiene ese premio.
Actualmente, el cineasta iraní Jafar Panahi fue condenado en ausencia por un tribunal de Irán a un año de prisión y a una prohibición de viajar por dos años, acusado de «actividades de propaganda contra el Estado» y «propaganda contra el régimen», por su película Fue Sólo un Accidente. La decisión no hace más que potenciar de facto el valor de esta obra como un manifiesto, sin caer en el error de cometer lo mismo que crítica. No impacta al espectador exhibiendo horrores explícitos. No te muestra la violencia; eso sería burdo. Sólo desliza los vestigios de esos traumas. Y se esfuerza en recalcar cómo la política local iraní daña al ciudadano y le hereda una herida que permanece abierta en la profundidad de la psique humana, a pesar de que transcurra mucho tiempo desde que se le impusieron los castigos al cuerpo.