Edgar Wright marcó su filmografía con particulares comedias de alta carga estética y energética, reconocidos actores involucrados y tramas ineludiblemente entretenidas. Shaun of the Dead, Hot Fuzz, Scott Pilgrim, son muestras. Hoy con El Sobreviviente no parece marcar todas esas casillas.
La película protagonizada por Glenn Powell va de un lado a otro con su perfil, como una persona desorientada. Drama social, comedia liviana, acción familiar algo subida de tono. Todo es brusco, repentino. Todo se mete en una juguera que dista de ser aburrida y cumple con entretener, pero que se aleja con fuerza de convertirse en algo memorable.
La historia original de Richard Bachman (a.k.a. Stephen King) está ambientada en una nación autoritaria distópica, militarizada y que controla cada paso de los ciudadanos. Así se adaptó en la película con Arnold Schwarzenegger, donde se notaba el control político, la manipulación mediática y la opresión de los ciudadanos. Todo muy 1984, muy Orwell.
En la entrega de Wright el contexto se desaprovecha, no queda del todo claro. Hay critica social vinculada a la precariedad de la vida y la salud de los individuos. Pero es un pincelazo. Nada contundente, o que agobie realmente a los personajes. La película está más enfocada en el espectáculo que critica que en el autoritarismo del escenario. Algo que sin duda es parte clave para que la acción suceda.
Con ello la trama ocurre a través de una corporación en la forma de una mole mediática que goza de hacer y deshacer a gusto, para entregarle el pan y circo a la gente que permanece en la ignorancia sobre los menesteres de los que ostentan el poder. No existen menciones al régimen reinante o mayores detalles sobre el panorama político. Vamos directo a esa «diversión fabricada» para mantener a la población alienada.
Obviamente aquí hay un cuestionamiento a la televisión de telerrealidad que se mantiene. La manipulación de la información -y con ello, de las audiencias- queda patente. Así como también esa adicción a la violencia como entretención que provoca el morbo. Pero el vehículo que entrega el mensaje es distinto a la novela o a la primera adaptación. Eso tiene que ver con ese tono inestable de la película que nunca deja claro a quien apunta sus dardos, porque Wright quiere abarcar mucho, pero toda la sustancia se le escapa entre los dedos.
Powell está bien. Pero no se le saca todo el potencial. Aunque hay que reconocer que la división del personaje de Killian tuvo buenos frutos para sacarle provecho a Josh Brolin y Colman Domingo. Uno, el ejecutivo televisivo despiadado que no teme alterar los factores para moldear a su gusto los resultados; el otro, el comunicador y animador que encabeza el programa exprimiéndole hasta la última gota de diversión a su tarea, con un histrionismo que es para aplaudir. En tanto, Emilia Jones -quien viene de lucirse en la serie Task- es desaprovechada como la María Conchita Alonso actual, prácticamente no hace nada, aporta muy poco a la historia.
Mientras, los villanos son pura carne de cañón. No tienen el sentido del espectáculo que la película quiere proyectar. Si esperas a un Buzzsaw y a un Dynamo actualizado, al final encuentras a sus homólogos como figuras inofensivas, sin personalidad. Algunos ni hablan. Olvida los gladiadores modernos para antagonistas en un reality show. Son soldados sin identidad o carisma.
Edgar Wright no aburre con El Sobreviviente, pero sí se nota indeciso. Y después de un viaje de dos horas, el final parece opaco, carente de emoción, por un juego de verdades y mentiras que no construye mucha tensión. Quizás es el montaje, quizás la edición. El asunto es que no funciona mucho como punto final, en una película que no parece un robo de tiempo, pero que probablemente olvides al salir del cine.