FRANKENSTEIN

Reseña de Frankenstein: Hermosa tragedia de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro demuestra una vez más por qué está hecho para contar historias de monstruos con el fin de indagar en la humanidad. El mexicano tiene una sensibilidad única para abordar historias clásicas que no solo hablan de los horrores que habitan en la oscuridad, sino que también de las emociones que conducen la vida.

Su sello se aplica firmemente en Frankenstein. Una película contada en dos partes. La primera sobre Víctor Frankenstein. Un relato sobre obsesiones, poder y control. Esencias que mueven la ambición de un científico que quiere romper los límites de la ética y anhela combatir la muerte. El trauma de una formación estricta y la pérdida de un cercano son combustible para perfilar una personalidad rota. En ello, siempre está la idea de jugar a ser un dios, aunque lejos de entender las consecuencias de sus acciones. Es la transgresión de la naturaleza y el castigo por ello.

El quiebre de la razón viene de la mano de la ambición, de tal manera que concibe una aberración incontrolable. Lo que no se entiende, se le teme. Y si la creación se escapa de las manos, la única reacción que queda es la violencia de la anulación. Porque la imposibilidad de controlar a su gusto lo que creó culmina con pura frustración.

Del Toro hace que todo suene épico. Desde los momentos más íntimos y dolorosos, a la acción brutal y explosiva. Además de que todo eso se vea grandilocuente. Algo que refuerza con la creación de sets fantasiosos que se sienten tan deliciosamente palpables. Junto a efectos prácticos que se ven tan crudos, como arrebatadoramente reales. Se sienten muy tangibles. Ya sea el musgo repartido por las paredes, la carne muerta electrificándose y cobrando vida, músculos desgarrándose o piel rasgándose. Las texturas son exquisitamente horrorosas. Lo explícito es llamativo. Controla todo para que se vea tan evidente como vibrante. Si hasta la iluminación hace lucir bello el derramamiento de un hilo de sangre.

Hasta ahí es todo muy despiadado, y problemátiza: ¿qué responsabilidades acarrea el poder de crear vida? El viraje en la marea viene cuando se detona una segunda parte con el relato de La Criatura. Una exposición sobre la consciencia del humano sobre el mundo. Sobre entenderse a sí mismos y el origen de la vida. Un cuestionamiento exultante sobre la naturaleza del ser. ¿Se nace malvado o lo que te rodea te convierte en villano? ¿Existe una pureza desde la concepción que se corrompe en el camino?, cuestiona la película. 

A través de La Criatura, Del Toro establece al humano no solo como portador de la maldad, sino que también como recipiente de anhelos y deseos. Estos últimos vinculados a la necesidad de pertenecer a algo, sentir el cariño desde una actitud bondadosa o hacer de la compañía una forma de estabilidad emocional necesaria para continuar con sus experiencias.

Creador y creación siempre buscan lo mismo, últimamente: reconocimiento, propósito y apoyo. Con el perdón mediante, la película cierra un círculo que probablemente dejará insatisfechos a quienes esperan violencia como último acto de redención; pero ciertamente es más liberador perdonar que vivir con un rencor latente en el corazón.

Frankenstein es terror gótico para sorprenderse, perturbarse, encariñarse y emocionarse. Guillermo del Toro recurre a la oscuridad del relato de Mary Shelley para mostrarnos un rayo de sol que ilumina la vida. Es el dolor de una hermosa tragedia contada con actuaciones sobresalientes de Oscar Isaac y Jacob Elordi, para entregar un mensaje esperanzador desde el terror gótico. La película hace atravesar distintos estados al espectador, heredando una experiencia tremendamente satisfactoria para repetirse en múltiples ocasiones.

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