CAMINA O MUERE - THE LONG WALK

Reseña de Camina o Muere: Adolescencia puesta a prueba por el autoritarismo

El título en español ya te habla de las temáticas que aborda esta adaptación de otra de las historias de Stephen King: Camina o Muere; como una orden, como demandando obediencia ciega, como si no te esfuerzas no sirves, eres un estorbo, y mereces ser extirpado de la sociedad. Se pliega más con los conceptos que el título original, La Larga Marcha, que es más obtuso y misterioso.

El terror viene de lo humano. En el género, este año nos hemos revolcado en la malicia humana. Explorando desde distintas aristas las fuentes de la maldad a través de múltiples películas. Cultura, pérdida, duelo, relaciones tóxicas, etc.; es lo que hemos visto previamente este año. 2025 es una fiesta para los fans del terror y, con esta entrega, el director Francis Lawrence (Los Juegos del Hambre) se pone a tono y sorprende en sus decisiones creativas para poner en la pantalla un libro publicado originalmente en 1979. Curiosamente, cuando América Latina ya conocía sobre gobiernos totalitarios, y Estados Unidos ya había heredado el trauma de Vietnam a sus jóvenes.

Lo más interesante es la ejecución de las decisiones creativas. Una de las principales es contar toda esta historia precisamente en la carretera que recorren los personajes. La narración nunca se sale del camino, nunca huye de la ruta para encontrar otras perspectivas sobre lo que ocurre. No se va hacia los organizadores del evento, ni a las audiencias que aplauden la violencia como forma de entretenimiento. Así deja a los mismísimos espectadores de la película como esa audiencia fantasma, como los adictos al morbo de este deporte mortal, con el “¿quién sobrevivirá en mente?”, seleccionando a su favorito y celebrando el deceso de los otros.

La película es muy inteligente en su forma, porque más allá de un par de flashbacks, son los mismos personajes los que te cuentan sus historias, mientras van forjando sus propias relaciones de amistad y antagonismos. Lo que los une y lo que los separa. La empatía es inevitable, mientras el espectador ve cómo se van desgastando o perdiendo la cordura. Y, después de la primera muerte, todo cobra un nuevo sentido: el juego es real, así como lo es también el horror del castigo.

Lo inhumano de la prueba queda muy bien retratado por el lazo entre los personajes de Cooper Hoffman y David Jonsson. Castigados en diversas formas por la vida y ahora sometidos a este trágico proceso. Ellos son una adolescencia bajo la presión de cumplir estándares sociales. Una especie de masculinidad moldeada por la necesidad de no corromperse ante una marcha desafiante en cuanto a debilitamiento del cuerpo y la mente. Tienes que ser esto o lo otro, se les dice a los jóvenes. Tienes que ganar. Jonsson está particularmente está sobresaliente en su interpretación.

No hay trasfondo del escenario más allá de la carretera, pero existen las suficientes pistas para entender que se trata de un contexto dominado por una fuerza totalitaria que pone a estos jóvenes a competir. Como apuntándolos a una disputa salvaje de la que no hay escapatoria. La vida es la moneda de cambio para una ilusión de meritocracia. Suena a que “mientras más te esfuerces, más posibilidades tienes de ganar; pero si no te esfuerzas como lo exigimos, serás eliminado”. Nada más despiadado, nada más falso. Es pura coacción con los jóvenes como presas del miedo instaurado por un autoritarismo que los lleva al colapso.

Y las reglas las impone la fuerza fascista organizadora en la forma de una milicia amenazante, gritona, infalible e infumable. Todo el tiempo vigilante, manipuladora, siempre atentos a atacar a los “desobedientes”, a los que se salen de las reglas, a los ciudadanos indefensos obligados a participar. Muy de gobierno totalitario. Muy bien retratado con un genial Mark Hamill, quien con su presencia es tan repulsivo y atractivo al mismo tiempo.

Ese es el blanco de la crítica de King en la novela, y ahora el de la película: como el ideario autoritario distorsiona el desarrollo de los adolescentes, de las personas, utilizándolos con el fin de infundir el miedo a otros para mantener el poder y el control. Camina o Muere funciona a la perfección como retrato de maldad humana insensible, indolente, que desprecia a su diferente y lo utiliza como opio para las masas. Por eso está adaptación es tan aterradora y actual.

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