¿Quién dijo que ésta no era una película de terror? Vi horrores a cada vuelta de la esquina en el guión. En cada escena: putrefacción humana, desmoronamiento de la psique, la razón decantando en un ponzoñoso pantano de actitudes inmundas.
Una de las hazañas más grandes de Ari Aster en esta pasada es ser capaz de apilar todos los trastornos de una sociedad enferma como la estadounidense en un mismo cuerpo, en un guión que se desenvuelve tan naturalmente en su descenso al caos como lo hace en Eddington.
Lo que parte como un pueblo pequeño con problemas de convivencia, con el correr del minutaje se desmorona y cae de un precipicio, tal como los búfalos en el magistral primer afiche promocional de la película. Una delicada muestra de cómo, más que una potencia mundial, Estados Unidos más bien siempre está al borde del colapso por alguna u otra razón.
La radiografía que propone el director sin duda no debe ser del agrado del ciudadano estadounidense, sobre todo porque son tantas las cosas que deforman su delirio colectivo que es fácil perderse en una vorágine de mentiras, hipocresía y una poco saludable cuota de «nunca quedas mal con nadie». Todo esto pintado sobre el lienzo de una incipiente pandemia de la COVID-19, que sería el caldo de cultivo no sólo del declive definitivo de la salud física sino que también de la sanidad mental.
En ese escenario, las redes sociales hacen sentir miserables y envidiosos a los usuarios que ven en otros un sentido de propósito y una figura de admiración; al mismo tiempo que inyectan fake news o creencias sin sustento en la vida cotidiana. Las apariencias engañan en estado puro y digital. Un narcótico que llega en forma de bits e información, afectando a las mentes más vulnerables en forma de conspiranoia y llamados a la acción radicales.
Mientras, otros buscan alguna causa a la que aferrarse, sin importar lo que sea. El blanco privilegiado haciendo suyo el Black Lives Matter. Una cínica campaña política fortuita que crece sobre la base de la ignorancia y la inoperancia. La defensa de territorios indígenas tras haberlos usurpado. Una secta que propone la sanación con un método sospechoso. Lo importante es estar, figurar, decir yo fui parte de eso; como huyendo desesperadamente del miedo a perderse algo.
Declaraciones aberrantes surgen, decisiones abruptas se ejecutan, diálogos políticamente incorrectos se toman la trama, traiciones dejan caer su peso, el racismo inunda todo, entes de la supremacía blanca añaden más candela.
Es la esquizofrenia masiva retratada con mordaz actitud de parte de Aster y sin salirse de los márgenes. No es excesivo, parece que es mucho, pero es lo que está de manifiesto en la realidad. Así lo irradia Estados Unidos. Además, el director no quiere caer bien, quiere mostrar lo aberrante y patéticos que se ven sus compatriotas con estas conductas.
Y como salsa barbacue en una costillita tejana, el toque final lo pone la violencia. Aquí se propone como respuesta última a todo. Cada una de las interrogantes recorren un distintos caminos que desembocan en el mismo lugar: ya no tengo cómo salir de este entuerto, entonces te acribillo. No hay diálogo, no hay debate, no hay consenso; entonces, te anulo.
Ari Aster tenía un as bajo la manga para 2025 y era decapitar a la sociedad gringa con el filo de una oscurísima sátira que refleja lo que habita en Estados Unidos. Una sociedad monstruosa que se debate entre el ego, el poder y la necesidad de pertenencia a algo, lo que sea, incluso aunque los dañe aún más o corrompa el sentido de lo que dicen defender. Eso es Eddington.