No hay que equivocarse: esto no es terror. El director Luc Besson se deja llevar por sus ideas y se desmarca de lo tenebroso, oscuro y siniestro, inclinándose por el melodrama más telenovelesco para su Drácula.
Así lo pinta la sinopsis, el tráiler y hasta el subtítulo de la película: “Un cuento de amor”. ¿Esperabas otra adaptación de clásico de Bram Stoker anclado en el horror? Aquí te equivocas.
Debes entrar en modo teleserie para esta entrega, porque lo que hace Besson es colorear un dramón de aquellos al echarle mano al mito del vampiro. Y si bien mantiene los aspectos primordiales, es la ausencia de su amada lo que mueve al conde aquí. No es el thriller gótico de Coppola, ni el acosador tóxico del Nosferaru de Eggers; es el amante trágico de un romance gótico que encuentra su camino entre flamantes sets y decorados, además de un pulido trabajo del departamento de maquillaje y vestuario.
Las comparaciones con adaptaciones previas están demás, porque esta apuesta se va por la tangente y toma su propia iniciativa, incluso flirteando por momentos con el humor.
El culebrón salta en el tiempo y mueve sus hilos para poner a prueba la nostalgia de una pasión frustrada abruptamente y la inminente recuperación del amor. En ello hay violencia, encanto, traiciones y desventuras. Todos los ingredientes para un vaivén entre la tragedia y el sentimentalismo.
Si no te conquista la trama, al menos la actuación de Caleb Landry Jones vale la pena la entrada al cine. El carisma de actor estadounidense es hipnótico. Tiene gracia para la brutalidad, el coqueteo, lo grotesco, lo festivo y lo burlesco. Sus gestos, su presencia y desempeño son geniales.
El Drácula de Besson no será lo que los fanáticos del horror esperan. Pero al menos apuesta por ser una adaptación distinta del clásico que, si te ofusca, te ofende o te entretiene, al menos es capaz de provocarte alguna sensación en vez de dejarte indiferente. Que es más de lo que pueden decir varias películas que andan por ahí dando vueltas.