Megan 2.0 indudablemente tenía que ser más que su antecesora y lo logra. Si al principio esta historia se centró en los peligros de una inteligencia artificial con un objetivo trazado e ineludible, desatando el caos y haciendo correr la sangre para cumplirlo; esa exploración se hacía a nivel de usuario, a nivel micro. Era terror con personaje amenzante intentando volverse icónico y, en ese sentido mercantil, lo consiguió.
La secuela que asegura su retorno expande su visión. Indaga en las implicancias macro de la toma de consciencia de una inteligencia artificial y, como suele suceder en una producción estadounidense, explora lo que pasaría si su aplicación con fines militares se saliera de control. Así es como se avecina el apocalipsis en estos días: con la inminente amenaza que puede representar una IA que las personas del mundo actualmente están alimentado y cultivando como si fuese algo inocuo. ¿Vaticinio de una catástrofe? Tal vez. De ese pánico y ansiedad se aprovecha una vez más el cine, para traer de vuelta a Megan como única estandarte de la salvación.
Con un perfil de anti heroína, Megan hace frente a nuevas tecnologías, el magnate ambicioso y extravagante que ha desarrollado una innovación en el campo, las inseguridades humanas frente a la dudosa lealtad de lo digital, activistas de cartón dudosamente poco carismáticos y además la amenaza de un poder absoluto que puede tomarse el mundo, para necesariamente acabar con la imperfección de la humanidad.
Pero, ¿es Megan 2.0 una auto traición de Blumhouse a su icónico historial de terror? ¿Acaso la productora recibió un puñal en la espalda de su propia mano? Es que lo que se ve en la secuela de la popular película de 2022 no tiene nada que ver con el tipo de cine que vio nacer a la marca y con el que se hizo exitosa. La historia original escarbaba en el terror con muñecos -al estilo de Chucky, Annabelle, etc.-, quería atemorizar con el tema de la inteligencia artificial, pero sin sumergirse del todo en la ciencia ficción. Ahora, su sucesora hace todo lo contrario.
Se despoja completamente del terror, no tiene prácticamente nada del género. Y salta en picada al vacío para sumergirse en el tecno-thriller, sin vergüenza alguna de traicionar a los seguidores de la saga. Combina acción con ciencia ficción sin asco, mientras toda la trama es permeada por un estilo de comedia que incluso se ufana de incorporar momentos completamente ridículos.
En un minuto da la sensación de que tiene una desesperada misión de caerle bien a todo el público, a toda costa y con todos los métodos posibles, aplicando sin un ápice de culpa el viejo y desgastado truco del chiste rápido, corto y reiterativo para cumplir con una cuota de humor en medio de esta anarquía mecánica. Si te has acostumbrado a ver las películas de Marvel, sabes de qué se trata esto.
Así, puede que la sensación del espectador al ver la película sea de entretención y presenciar cómo evolucionan las IAs involucradas en la trama. Pero una vez que concluye, también existe la posibilidad de que este se quede con la sensación de ‘¿era a esto a lo que realmente venía?’
La brutalidad disminuye, también el despilfarro de sangre. La violencia se insinúa y pocas veces -realmente, casi nada- es explícito. De suspenso hay poco y las situaciones son más rimbombantes y cargadas de colores. Casi no hay atmósfera. De lo lúgubre que tenía el personaje principal aún menos. Megan 2.0 se alberga en frases sarcásticas y burlas a cada oportunidad que tiene. El tono es lo que pondrá a prueba a las audiencias. La película está diseñada para conquistar a la masa. Pero una vez más: ¿era a esto a lo que realmente veníamos?