F1 es una clásica historia de viejas glorias. La resurrección de una estrella aparentemente caída en desgracia, que busca retomar su antiguo talento para demostrar su competencia, a la vez que se inserta en un mundo que ya no le pertenece. El protagonista se reposiciona, entra en conflicto con la nueva generación, pero luego demuestra que su experiencia puede encontrar un equilibrio con los desafíos actuales. Sus conocimientos se ponen al servicio de una meta común. Así despeja la cancha, prueba el éxito, hasta que a llega un punto de colapso que le enseñará a él y a quienes le rodean, que no deben rendirse y que es pertinente hacer un último esfuerzo para conseguir sus objetivos.
Es una fórmula conocida, se ha contado varias veces en múltiples contextos y, por lo mismo, puede detonar críticas, puede ser tildada de mediocre o vapuleada por la simpleza de su arco, sobre el que conoces su inicio, transición y final. Pero su mayor sustento se encuentra en su carácter de evento cinematográfico. Es algo grande.
Por su envergadura y sentido del espectáculo, por lo ambicioso de sus escenas de acción o lo práctico de sus efectos, es como un blockbuster de esos que ya no se hacen. Toma una propiedad intelectual conocida y tremendamente vigente, y la convierte en algo más. Goza de atractivos suficientes para defenderse y no es un remake o secuela, como la mayoría de lo que vemos actualmente en cartelera.
Técnicamente es atractiva. No es de lo mejor en su rubro, pero hace lo suficiente para mantener el interés durante 2 horas y media, sin que éstas se sientan como interminables 150 minutos. Te absorbe. Las visuales son llamativas. Hay paneos laterales en los autos que quitan el aliento. Van del costado hacia adelante y hacia atrás, mirando a los corredores y la pista como si fueras el conductor; o incluso la cámara a veces gira hacia adentro y te zambulles en la cabina del vehículo a toda velocidad. En otras ocasiones te da planos detalles de los competidores, quienes transmiten apenas con los ojos las emociones, y en otras circunstancias sorprende con panorámicas en un gran angular de las carreras. Es imposible no conectar con la acción, porque se vuelve una experiencia absolutamente inmersiva. Aún más si la vez en IMAX.
Siendo historia conocida, la magia está en su ejecución, en cómo aprovecha la lealtad de los fanáticos, los escenarios propuestos, las dinámicas con que se conectan a los personajes y cómo todo se plasma en la pantalla. Si bien no tiene mayor complejidad, todo lo retratado se nutre de sensaciones con las que es fácil empatizar: nostalgia, superación, ambición, despunte de adrenalina, frustración, rabia, sentido de justicia, esfuerzo de equipo, etc. Todos detonadores de entusiasmo para el espectador. Por eso funciona.
La temperatura se eleva con una banda sonora de tintes mayormente electrónicos a cargo de Hans Zimmer, aunque por momentos recuerda mucho los juegos con la percepción sonora del tiempo que aprovechó para Dunkirk. Un trabajo melódico que se fusiona con canciones de reconocidos artistas como Led Zeppelin, Chris Stapleton, Ed Sheeran, Rosé, Tate McRae, Myke Towers y hasta Tiësto aparece en medio de la fiesta; potenciando una propuesta con la que Joseph Kosinski demuestra que aprendió mucho sobre cómo hacer una película de este calibre, tras haber dirigido Top Gun: Maverick.
Este es el tipo de blockbuster cinematográfico que te conduce a ver otras cosas. Porque te deja anhelando más. Alimenta el interés por el séptimo arte, gracias a los distintos elementos que confluyen en él.
¿Quieres ver más de Brad Pitt engreído y orgulloso? Ahí está Ocean’s Eleven, Fight Club o Once Upon a Time in Hollywood. ¿Quieres al actor en plan conquista? Aparece en Meet Joe Black. ¿O lo buscas en viaje instrospectivo? Entonces, Ad Astra es lo tuyo. ¿Te gustó el aspecto automovilístico de la película? Bien puedes volcarte a Rush o Ford v. Ferrari. ¿Enganchaste con el drama deportivo que ofrecía? Prueba con Ali, Challengers, He got Game, The Wrestler o hasta Chariots of Fire.
Y así, es cosa de escarbar, pero lo relevante es que F1 es capaz de encender la chispa que te haga encontrar nuevas cosas en la cinematografía mundial, tanto mainstream como trabajos de bajo perfil o de culto. Eso es un valor en sí mismo, que no todas las películas actualmente poseen.
F1 tiene todos los aspectos para ser un hit. Y la verdad, no siente vergüenza de reconocerse como suceso cinematográfico comercial. Explota todo el sentido de constituirse como un estreno para complacer a las masas y probablemente lo hará. Su espíritu viene precisamente de una industria multimillonaria e inversiones colosales. Juega sus cartas con la presencia inconfundible de estellas hollywoodenses, te inyecta éxitos musicales reconocibles desde el primer minuto, te hace activar sentimientos primitivos, te lo adorna con mucha pirotecnia y prácticamente te hace oler las llantas quemándose en las pistas. Cualquier otra cosa que le pidas, probablemente no la entregará: esto es full entretención masiva desvergonzada.