Al salirse de control un atraco relacionado con drogas, un policía harto de todo se lanza al inframundo criminal para salvar al hijo de un político.
En medio de lo pantanoso y traicionero que puede llegar a ser el catálogo de Netflix, pocas veces surgen cosas que realmente valen la pena ver. Si el espectador es amante de las películas de acción, entonces Havoc o Estragos al menos es un panorama que tiene lo suficiente para que valga la pena revisarla.
Se trata de una película que cuenta con el sello del director Gareth Evans, sobre todo una vez que establece una trama absurdamente simple en torno a policías corruptos, gángsters y los inexpertos delincuentes que quedan atrapados en el fuego cruzado. El creciente nivel de energía cinética que el cineasta imprime en su nueva producción llega a tener ribetes fantasiosos cuando se trata de persecuciones de vehículos, momentos en que se delata el abuso de los recursos digitales. Sin embargo, es su visión a través de la cámara y las acrobacias que hace con la misma lo que salvan a la producción.
Pero antes de la acción, la historia quiere ser a todas luces un neo-noir, alimentando una atmósfera en la que sus habitantes están condenados desde el principio. Cada una de sus capas está podrida al permanecer poblada de personajes de moral ambigua o derechamente inmorales. Todo agobia, hay poca esperanza, su sociedad está descompuesta psicológicamente. Nada muy lejos de la realidad, en todo caso. Las calles húmedas y ennegrecidas, combinadas con neones fuertes y vapores de dudoso origen son el apoyo visual para todo lo que está mal en el ambiente.
Tom Hardy repta a través de esta urbe en decadencia como sabiendo que danza por los pasajes de Sin City (2005), aunque va a la velocidad de Crank (2006). Una vez que establecido el entuerto que sustenta la trama y las primeras grietas en el actuar de los involucrados revelan la verdadera naturaleza del misterio, todo se vuelve un descenso adrenalínico hasta el desenlace.
Estragos no tiene el más mínimo respeto por la vida y acumula un conteo de cadáveres en un ratio realmente alarmante cuando pisa el acelerador. La película se vuelve un vendaval de balazos, regado con masivos litros de sangre y coronado con las más diversas mutilaciones corporales, cada una más sorpresiva que la otra.
Esto acompañado con posicionamientos de cámaras imposibles, así como seguimientos visualmente sorprendentes de los objetos en movimiento; todo se vuelve un verdadero caos en pantalla.
En tanto, una vez revelado el giro, dejando al culpable del conflicto expuesto, la película ya es pura demencia. Si no tenías el cerebro en remojo hasta ahí, ahora debes limpiar la hemoglobina del piso con él. Porque no queda mucho más que hacer que dejarse llevar por las secuencias de acción altamente coreografiadas y pulidamente registradas para la mera entretención de un ojo ajeno a los juzgamientos cinematográficos de elevada alcurnia.
En 2024, Netflix sorprendió con Rebel Ridge -que era mucho más discursiva, y con un trasfondo e historia más contundente-; ahora el streaming convocó al creador de The Raid para que diera rienda suelta a una acción obscena y que no pide perdón. Una gozadera desvergonzada y descerebrada que al menos entretiene entre una oferta sobrecargada de títulos inertes que poco provocan en el espectador.