Adolescencia narra la historia de una familia cuya vida se viene abajo cuando Jamie Miller (Owen Cooper), de 13 años, es detenido por el asesinato de una chica de su escuela.
Es difícil que Netflix últimamente entregue trabajos relevantes, con mensaje potente, un despliegue artístico y visual con mirada de autor, y que rompa con las tendencias más bien genéricas que pueblan la televisión hoy. Sabemos que la misión del streaming es cantidad antes que calidad. Pero cuando logran apuntarle al objetivo, como pasó en 2024 con Bebé Reno, el acierto es de proporciones y una obra que roza la perfección: Adolescencia.
Dividida en cuatro episodios, esta nueva miniserie apunta a examinar el dramático caso criminal en distintos frentes: el procedimiento policial, la indagatoria psicológica y las consecuencias para los cercanos.
Con Adolescencia, Stephen Graham demuestra que no sólo tiene talento interpretativo, sino que también es tremendamente creativo tras las cámaras. Con un drama que representa los embates de ser adolescentes y ser padres: una pesadilla desde ambas perspectivas. Y todo se transmite de la manera más tensa posible: cada capítulo está registrado como un gran plano secuencia, lo que técnicamente eleva aún más la producción.
La coreografía para la cámara es extraordinaria y el mismo dispositivo de registro a veces realiza peripecias que resultan realmente sorprendentes. Como si el espectador estuviese en el mismísimo lugar, la cámara se mueve elegantemente a través de los escenarios, siguiendo a los cuerpos atravesando ventanas, se sube a los vehículos y a veces los sigue desde afuera, hasta en un momento se transforma un dron, todo en modo toma continua. Esa alucinación sólo acrecienta la atmósfera agobiante de lo retratado.
El primer episodio establece la historia a través de un frío aunque no insensible protocolo policial tras la detención del muchacho. Con ello se presentan a los involucrados, levemente describiendo sus personalidades y explicando los detalles de un caso que decantará en la desolación venidera no sólo para los protagonistas, sino que también para el espectador. La miniserie no se trata tanto de dilucidar el quién fue -porque esto queda claro de manera temprana-, sino que más bien se centra en el por qué lo hizo, en el motivo tras el crimen.
La segunda entrega es una bomba sobre la desconexión de los adultos con los niños y adolescentes. Un golpe bajo a ese instinto que hace decir: «mi hijo no hizo nada». Mientras se adentran en una escuela, los detectives se ven desorientados y sin saber cómo obtener la información que necesitan. El centro formativo es básicamente una jungla, con los académicos desbordados por el campo de batalla hormonal en el que se encuentran. Es la sobrevivencia del más fuerte. La violencia verbal y física, tanto en profesores como estudiantes, son los medios para el fin. ¿Alguien realmente aprende algo de esta manera?, se resalta en un punto.
Y es que los jóvenes viven a punta de insultos, la necesidad de atención, la dopamina de las redes sociales y los abusos de poder entre ellos mismos. Los adultos en tanto existen ajenos a esa realidad, porque ni siquiera son capaces de entender los códigos de los púberes. Así quedan invalidados ante cualquier avance comunicacional de comprensión entre ellos. No hay respeto.
El episodio 3 es monumental. Sostiene sus 50 minutos de duración en una entrevista psicológica a Jamie, a siete meses del suceso. La psicóloga intenta diversas formas para conectar con el chico, aplicando presión en los puntos claves que pueden conducir a desarmar su blindaje emocional para abrirse y que eso lo conduzca a echar algo de luz sobre las motivaciones tras el crimen.
El capítulo es prácticamente una fragmentación de la masculinidad y un examen forense al orgullo, el ego, la misoginia en potencia y la replicación de comportamientos domésticos heredados de los padres. Disecciona lo masculino frente a lo femenino. Lo que ellos esperan de ellas, pero siempre bajo una especie de superioridad autoproclamada de los hombres más allá de lo que hagan las mujeres.
Para ser el primer rol estelar de Owen Cooper, el muchacho consigue un desempeño magistral, que provoca empatía, rabia, compasión y odio en el espectador. Toca todas las teclas para desbordar emocionalmente. No es de extrañar que este capítulo gane algún premio a mejor guión para la TV en una próxima ceremonia o que Cooper se haga con algún reconocimiento.
El remate se centra en la familia, sobre todo en la devastación del padre, 13 meses después del incidente. Cuando aún quedan dudas, pero el acto ya transformó el entorno. Puede que este episodio parezca menos intenso que el anterior, pero no hay que equivocarse, porque esa es la primera sensación que detona. Sin embargo, resulta que es el punto clave de anclaje a la realidad: el suceso traumático no se sustenta en oscuros secretos familiares o trastornos aberrantes que ayuden a justificar la tragedia, sino que se da en medio de una familia común y corriente; es algo que sucedió por los factores antes expuestos en cuanto a contexto, falta de comunicación y entendimiento, actitudes que dejan una impresión y la aspiración a obtener reconocimiento en un mundo mayormente hostil. El llanto final es el último desgarro al alma que provee la miniserie.
Adolescencia es exactamente ese triunfo extraño de Netflix con un drama que plantea cuestionamientos que prácticamente no conocen límites a la vida. Te llena con el peso de interrogantes sobre por qué somos así, porqué llegamos a esto, qué hubiese pasado sí…; y sobre eso más y más preguntas que se quedan dando vuelta en la cabeza. Es una excelente televisión con bases incómodamente fundamentadas en la realidad, y que se vuelven terriblemente dolorosas al momento de reconocerlas. Una verdadera joya del streaming.