En La Semilla del Fruto Sagrado, Iman, un juez de instrucción del Tribunal Revolucionario de Teherán, lidia con la desconfianza y la paranoia a medida que protestas políticas a nivel nacional se intensifican y comienzan a alcanzar a su familia. Cuando la pistola del juez misteriosamente desaparece comienza una persecución en su propia casa que terminará cruzando límites insospechados.
A este lado de mundo no hablamos de esto, pero deberíamos. Parece tan lejano cuando vivimos en democracias que separan el Estado de la Iglesia, y la religión parece ser más bien una anécdota que casi no tiene incidencia en las políticas públicas. Por suerte.
Distanciados de esa realidad, se invisibilizan prácticas que parecen arcaicas y retrógradas, bajo la fachada de una supuesta rectitud moral impuesta por quienes controlan un régimen que se sostiene en abusos de poder, misoginia y la muerte en vida de las personas, especialmente de mujeres.
Esta es una película que cuesta ver, pero su visionado es un deber para quienes admiran el cine como un dispositivo de retrato social. Más cuando su producción tiene antecedentes como haber sido filmada en la clandestinidad y que su director Mohammad Rasoulof tuvo que escapar de Irán para promoverla.
Es que este retrato de la teocracia reinante en el país del Golfo Pérsico no quiere ocultar nada. Muestra su faceta más asquerosamente brutal, tanto a nivel público con la represión en las calles, como a nivel privado en torno a los discursos formativos que se imparten al interior de las familias. Las generaciones mayores, criados bajo estrictas creencias, buscan traspasar las tradiciones a sus retoños. Pero estos se han sumado al despertar de una consciencia sobre la opresión y la anulación de libertades a los que se han visto sometidos por tantos años.
La historia no cuenta con grandes malabarismos narrativos para transmitir efectivamente su mensaje. La trama es de una simpleza y mundanidad que acercan al espectador a las dramáticas experiencias que viven sus protagonistas. La complejidad está en los mensajes que se plasman sin miramientos. Te revuelven el estómago.
Cruzando registros reales de manifestaciones urbanas iraníes, con la intimidad de la familia protagonista, se describe la imposición de la fe como regla de vida, y la sumisión femenina ante la figura masculina como sustento de la operación. Pero tales pautas se alteran cuando las dudas, las mentiras y la paranoia se hacen presentes. Entonces, La Semilla del Fruto Sagrado se vuelve un testimonio de los constantes cuestionamientos a las mujeres, sus anhelos e intereses. Es la invalidación de la figura femenina sin un ápice de vergüenza. Así como el veto a cualquier tipo de independencia, so pena de duras condenas tanto de parte del núcleo cercano como del régimen.
«El mundo ha cambiado, pero Dios no. Y sus leyes tampoco», es una de las frases más terroríficas que lanza el padre, que prefiere someter a torturas psicológicas a su esposa e hija, antes que diezmar su reputación profesional ante la mirada de sus pares y jefaturas. Es que la autoridad política emanada de Dios se impone a punta de terror físico y psicológico para controlar a sus súbditos. Si hay que acallar y censurar para sostener el dominio de la población, se hará sin mediar el respeto por los derechos y libertades personales.
En un mundo en el que el conservadurismo vuelve a tomarse el poder y no siente vergüenza de su actitud autoritaria, La Semilla del Fruto Sagrado es el reflejo de una involución de la humanidad, la pérdida de sensibilidades ante los horrores y sobre todo grafica lo que no se debería aspirar a ser. Tales personas y pensamientos continúan existiendo, perpetuando su actuar; no es el pasado, es el presente. Lamentablemente, las aberraciones están más cerca de lo que uno cree.