Flow se ambienta en un mundo al borde del colapso donde un gato solitario se embarca en un viaje a través de paisajes místicos y desbordados tras una gran inundación. Junto a un grupo diverso de especies en un barco flotante, deberá aprender a colaborar para sobrevivir y adaptarse a su nuevo hogar.
Hubo un momento en que muchos pensaban que la animación era sólo para niños. Afortunadamente, eso ha sido bastamente desmitificado. Pixar lo entendió en un momento y logró sacarle provecho al apuntar a una amplia gama de público, conquistando a chicos y a grandes, incluso cuando ahora sus películas hayan perdido un poco el alma.
Las posibilidades de la animación son infinitas y su impacto indiscutible. Eso es lo que llega a confirmar Flow, una película de Letonia, precisamente con mucha alma y corazón que, con un presupuesto ínfimo en comparación con las superproducciones hollywoodenses, demuestra que la magia está en la originalidad, el cariño, el respeto y la transversalidad de las historias y las formas narrativas.
La creatividad estalla ante los ojos del espectador cuando un felino toma el protagonismo absoluto de una trama que explora el espíritu de sobrevivencia ante la tragedia. Mientras se evidencia una saludable ausencia de humanos, la naturaleza se manifiesta desatando su fuerza ante unos animales que deambulan libres y a su suerte por una tierra idílica.
Con un estilo de animación refrescante, que se presenta como cuadros pintados con detalladas formas y texturas regalados a través de una fotografía obnubilante, Flow se vuelve una aventura que no necesita de diálogos para irradiar sus mensajes. Sin una palabra logra construir la idea de que o nos aceptamos todos como diferentes y unimos fuerzas para sobrevivir colectivamente o simplemente morimos en la fría y despiadada soledad. La aceptación es clave, la tolerancia es vital, la discriminación daña y agresividad es fatal.
Así, sin perder las actitudes instintivas atribuibles a los animales, el espectador puede identificar personalidades. Desde el inseguro pero curioso gato, el despreocupado y amistoso perro, el acaparador y ambicioso lemur, la soberbia pero defensora garza y la curtida tranquilidad del solidario capibara. Es un grupo disparejo de actores que cristaliza no sólo la diversidad racial, la vida en comunidad y la dependencia de la sociabilidad, sino que de emociones y comportamientos muy humanos con los que es imposible no identificarse.
Sin una palabra, sin una línea de diálogo, Flow explora toda una gama de sucesos que inevitablemente terminan por conmover. ¿Quién no ha temido a lo nuevo? ¿Quién no ha enfrentado un suceso lamentable? ¿Quién no se ha visto ante una situación en la que se ha sentido amenazado? La forma en que la película se ejecuta es admirable y pone a trabajar todo tipo de sentimientos. A mitad de camino, ya estás convencido de que estás viendo algo inolvidable; y, para cuando termina, te deja simplemente con el corazón llenito.
¿Cómo se puede sufrir o sentir empatía por animales animados? Esa es la magia: la capacidad de Flow de establecer una conexión profunda con el espectador, porque sus personajes son como la vida misma, con dramas y alegrías, con sustos y satisfacciones, con momentos espirituales, de incertidumbre, y también viscerales. El director Gints Zilbalodis logra ofrecer una experiencia entrañable para albergar en el núcleo de nuestro amor por el cine.