Huyendo de la Europa de la posguerra, el visionario arquitecto László Toth llega a Estados Unidos para reconstruir su vida, su obra y su matrimonio con su esposa Erzsébet tras verse obligados a separarse durante la guerra a causa de los cambios de fronteras y regímenes. Solo y en un nuevo país totalmente desconocido para él, László se establece en Pensilvania, donde el adinerado y prominente empresario industrial Harrison Lee Van Buren reconoce su talento para la arquitectura. Pero amasar poder y forjarse un legado tiene su precio.
El proyecto del director Brady Corbet sin duda es gigantesco. Siendo original, una historia alejada de franquicias y secuelas que afortunadamente irrumpe en la cartelera, apuesta por indagar en la esperanza opacada por la oscuridad. Porque así es la humanidad: todo halo de buena fortuna puede ser aplastado por la ambición y la malicia de la insensibilidad.
A través de 3 horas y 34 minutos -incluyendo en todas las proyecciones un intermedio de 15 minutos-, hay que prepararse para experimentar una tormentosa trama que lidia con el redescubrimiento de la identidad, la superación de los traumas, la opulencia de la arquitectura y disección de la indecencia humana. El minutaje no se siente, sobre todo porque el drama profundo atrapa sin avisar; consume al espectador. Luego apenas unos minutos, sólo quieres avanzar en la historia.
Curiosamente es una película de sucesos que encuentran su fuente de origen en odios pasados, pero que descubren en la modernidad un escenario muy significativo para ser digerida como un trago amargo de realidad. ¿El contexto de su estreno? Un momento en que la población migrante marca distintas latitudes del mundo, con personas desplazadas por conflictos bélicos o precarias situaciones socio-políticas. También, una instancia en la que las posiciones de conservadurismo extremo están consiguiendo nuevamente hacerse con el poder, mientras discursos de odio proliferan sin control y atosigan abusivamente a quienes piensan distinto.
Así El Brutalista plantea cuestionamientos sobre el trato al migrante, a las minorías, a los diferentes, cuando ellos ven en otro país la posibilidad de una nueva vida. El sueño americano es una mentira. Es solo un plan de marketing inyectado en el inconsciente colectivo como enfermedad aspiracional. Resulta que no en todos lados se quiere al amigo cuando es forastero. Muchas veces se lo humilla, se lo somete, se le subyuga a los caprichos de un tercero. Y lo que puede terminar en tragedia, sin duda de esa forma culminará. La escena de la moneda definitivamente te revuelve las tripas.
Adrien Brody es crucial en la transmisión de este desconcierto. Su representación de László Tóth duele de principio a fin. Partiendo por el viaje desde su escape de un campo de concentración, pasando por la recepción odiosa de sus anfitriones, la falta de su familia, el descubrimiento de la verdadera situación que enfrenta, la alteración de sus planes e incluso el desmoronamiento de sus proyectos. Brody es el conducto para conectar con el dolor humano de un ser alienado. Todos los premios merecidos.
El balde de agua fría te recorre la espalda cuando te das cuenta de lo que realmente estaba haciendo el artista con su obra. Corbet actúa a la par con Tóth para hacer sus revelaciones, y el simbolismo del remate es asolador.
El conjunto que pinta El Brutalista es realmente sólido, áspero, sin temor a evidenciar sus imperfecciones, pero sobre todo sincero en cuanto al retrato de la angustia y el abatimiento. Desde las interpretaciones, incluyendo una fotografía que te hace sucumbir los ojos y una banda sonora con la que Daniel Blumberg marca certera presencia, hasta una dirección que no duda en tomarse su tiempo para desarrollar su narrativa; es una película que merece todo el reconocimiento que ha ganado y se debe ver sí o sí.