Cónclave se centra en uno de los rituales más herméticos y antiguos del mundo, la elección de un nuevo papa. Tras la inesperada muerte del adorado pontífice, el cardenal Lawrence (Ralph Fiennes) es designado para liderar el proceso de elección secreto, pero se encuentra en medio de una conspiración y descubre un secreto que podría sacudir los mismísimos cimientos de la Iglesia.
No nos pisemos las sotanas entre sacerdotes: la Iglesia Católica siempre se ha tratado de una disputa de poder en sus entrañas. Quién adquiere tal o cual cargo, quien asciende y quien es humillado. Quién comanda para ejercer el control sobre sus súbditos. Lo que pasa es que como todo ocurre a puertas cerradas, difícilemente salta a la vista de los feligreses y el pueblo común.
Es que las dinámicas entre sus representantes poco tienen que envidiarle al circo político, los sitios de chismes o los programas de farándula; pero como reptan en la oscuridad, cubiertos por un «manto sagrado», no se habla abiertamente de ello. Sin embargo, es el mismo comidillo. Ahí está uno de los mayores atractivos de Cónclave, te inserta en un escenario al que nunca se tiene acceso, mientras el elemento humano se devora a sí mismo por la disputa de la jefatura máxima. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que así sea.
Han habido dos cónclaves significativos en la vida real durante los últimos años. Pero en esas instancias, el mundo sólo esperaba en las afueras, expectante, el humo blanco, sin tener idea sobre los artilugios con que los cardenales «apuñalaban» a sus compañeros al interior del evento. Eso es lo que indaga esta adaptación del libro con el mismo nombre del autor británico Robert Harris; mientras violines que irrumpen en escena sin previo aviso te ponen la piel de gallina, gracias a una inquietante banda sonora creada por Volker Bertelmann.
El protocolo para toda la situación es tremendamente atractivo de ver ahora en el cine y contrasta con las verdaderas actitudes e intenciones detrás de los miembros de la curia. Todo tan pulcro, detallado y exhaustivo en el exterior; todo lleno de secretos, mentiras y estratagemas en el interior. El ritual tiende a elevar la tensión, no sólo porque los cardenales se enfrentan en diálogos en los que rehúyen de sus culpas, sino porque hasta el que aparenta ser el mayor ejemplo de probidad, resulta manipulado.
Como siempre, Ralph Fiennes está magnífico. Es una manifestación pura de la crisis de fe. ¿No estamos al servicio de Dios?, se cuestiona en un momento, y la verdad es que es justamente lo que un ciudadano de a pie puede criticar sobre el histórico rol ambivalente de la Iglesia. El protagonista ostenta el papel más importante en el cónclave, pero a la vez es el principal testigo del desmoronamiento moral de sus hermanos, cuando escarba en las superficies de sus personalidades.
Stanley Tucci y John Lithgow no lo hacen nada mal alimentando la pugna interna, pero entre los secundarios resalta la venenosa interpretación que ofrece Sergio Castellitto, quien derrocha pura ponzoña sobre todo cuando se expresa en italiano. El actor romano funciona muy bien.
Pero no todo en Cónclave cuenta con la gracia de Dios. Cualquiera con un mínimo de atención invertido en la película dilucidará rápidamente quien será el vencedor en esta contienda. Su «anuncio» se hace de manera demasiado temprana en el desarrollo y es obscenamente evidente. Una vez que el espectador se da cuenta de eso, la trama cambia desde determinar quién será el próximo Papa a cómo será el proceso de descarte de los candidatos favoritos a quedarse con el trono para que triunfe esa otra figura.
Y sí, eso funciona como intriga, nutrida por un suspenso solemne que se ve aportillado por una fotografía tremendamente hermosa que, a la vez, se vale de la opulencia de los sets y las sabias decisiones de iluminación, aplicando puntos de presión en la percepción de las sensaciones que emiten los personajes. Pero al mismo tiempo es el principal aspecto que perjudica la satisfacción del espectador al terminar el visionado de Cónclave, esa revelación temprana es una pseudo-condena.
Es un buen viaje, visualmente atractivo, con un desarrollo que no decae al menos hasta su remate. Pero la verdad es que el director Edward Berger viene de una entrega mucho más contundente, por lo que sabemos que pudo haber construido una narrativa aún mejor, que no se delatase desde el principio y fuese perdiendo fuerza hacia los actos finales, cuando el giro definitivo ya da lo mismo.