En Aún Estoy Aquí es Brasil, 1971. El país se enfrenta al creciente control de una dictadura militar. Eunice Paiva, madre de cinco hijos, se ve obligada a reinventarse después de que su familia sufre un acto violento y arbitrario por parte del gobierno.
Es una pena que tengamos que ver películas como esta para darnos cuenta el daño que se hizo. Algunos se sienten con el derecho hacerse con el poder de naciones y de imponer una ideología, para arrasar con su propia población por pensar distinto. Es aborrecible, pero es el escenario que heredamos.
El valor de la nueva película de Walter Salles es cómo decide contar una historia que parece un arrebato salvaje para desarticular una familia, pero no. Con una mujer resiliente a cargo, ese núcleo no se destruye sino que perdura. Ella tiene que hacer algo que nunca debió asumir, pero ahí está, colmada de tristeza, resistiendo.
El director plantea la trama con un tacto impresionante, con el que primero te presenta a un clan común y corriente, próspero, con proyectos, cargado de alegría y festejo. Discutiendo sobre asuntos rutinarios, compartiendo con amigos, disfrutando de la vida. Entonces, cuando irrumpe el conflicto, la película ya ha logrado conquistar el corazón. Es tu familia, la del vecino, la de un amigo. El impacto es brutal.
Pero hay algo sospechoso en el actuar del padre, aunque no parece del todo grave. Y nunca lo es. Su objetivo es ayudar a quienes lo necesitan, en el contexto extraordinariamente peligroso que habitan.
Sin embargo, el desarrollo de la producción no es como podría esperarse. Uno de los aspectos más relevantes es que la historia se cuenta desde la perspectiva de los que se quedaron, de los sobrevivientes, de los que subsisten eternamente en un duelo. Cuando usualmente se busca retratar el choque de las fuerzas rebeldes, la frescura de esta apuesta cinematográfica reside en alejarse de eso y centrarse en la desmoralización del conocido. En la desesperación de no saber dónde está el ser querido, qué pasó y por qué. En la angustia de buscar respuestas y no encontrarlas. En pedir ayuda y no dar con ella por el miedo reinante.
Fernanda Torres está gigantesca en la cristalización de todos esos aspectos. Contenida, dolida, sacando fuerza de las flaquezas para sostener un personaje que nos debería doler a todos. Su sensibilidad es crucial para que esto se cuente y golpee. Nunca explota, siempre mantiene una mirada poderosa, de desconcierto o con ojos cargados de lágrimas.
Las desapariciones forzadas, la violencia sistemática, la manipulación de la información, son todos síntomas de la enfermedad llamada dictadura que prácticamente casi no dejó a país sin infectar en Latinoamérica. Por eso es imposible no plegarse con lo que pone enfrente Aún Estoy Aquí. En este lado del mundo todos sabemos que eso existió, que existe; incluso a pesar de los indolentes y malévolos negacionistas y encubridores. De hecho, es un trastorno político social que sigue pudriendo el alma de miles actualmente, cuando se ven regímenes totalitarios que permanecen activos, impunes y hasta son ridículamente defendidos.
El cine sirve como evidencia, como alivio, como un bálsamo, para abrazar el dolor y entenderlo, para empatizar con él. Esto es lo que ha hecho Walter Salles con Aún Estoy Aquí. Es un testimonio de las secuelas crónicas, imborrables, de una dictadura.