Ambientada en 1975, Patio de Chacales cuenta la historia de Raúl, un maquetista que vive tranquilamente en un barrio aparentemente apacible. Sin embargo, la llegada de nuevos vecinos desata una espiral de eventos violentos que revelan los oscuros secretos que se ocultan tras las puertas cerradas.
La ópera prima de Diego Figueroa es una verdadera sorpresa. Un mazazo en el cráneo. Una fuerza invisible que te estruja el estómago y te lleva una y otra vez, involuntariamente, a taparte la boca con la mano del puro asombro. Es tan violenta sin ser explícita que los efectos en el espectador son más profundos, dolorosos y angustiantes de lo que se podría esperar.
¿Es otra película chilena sobre la Dictadura en Chile? ¡Pero claro! ¿De dónde más emanan las brutalidades más perversas para el colectivo social local, si no es de ese oscuro trozo de historia contemporánea? Los males aquellos nos siguen penando como país medio siglo después.
Su frescura radica en desde dónde se está contando y cómo se está contando. Su trama indaga en los horrores desde la perspectiva de un ciudadano de a pie con su propio calvario personal. No es derechamente discursiva en términos políticos, es como si un vecino te revelara que se encontró con la maldad, cara a cara. Y se cuenta desde el otro lado de la pared, descansando en una especie de universo sonoro que te zambulle en una miríada de ejemplos sobre lo más decadente de la miseria humana. ¿Cómo suena un ataque al cuerpo? ¿Cómo se escucha la humillación? ¿Cómo se oyen las terribles vejaciones? La respuesta es este interesantísimo ejercicio cinematográfico.
Pero el sonido no es la única pieza clave aquí. Lo es también el diseño de producción. Las texturas y objetos impregnan de realidad chilena a la película. Desde la teterita de té al interruptor en la pared, donde se pasó de los márgenes una brocha; de la tapa metálica del desagüe y las baldosas rojo colonial a los cuadros imitación que pueblan las locaciones; desde los cigarrillos Life a ese alumbrado público inquietante de antaño, con el que todo se ve medio amarillo o medio anaranjado.
Súmenle una fotografía que funciona en complemento. Cándida y clara en los momentos de alivio, o con claroscuros opresores en los momentos de mayor agitación y tensión, sobre todo en las escenas nocturnas. Mientras la cámara se fija en los ojos de los protagonistas, o en una boca al teléfono. Cerca, muy cerca. Eriza los pelos.
No hay mucho más que añadir sobre el desempeño de los siempre impecables Néstor Cantillana y Blanca Lewin, que no se haya dicho antes. Pero aquí el actor te absorbe con el progresivo deterioro de su personaje, tanto en lo físico como en lo psicológico. Mientras que la actriz demuestra la desorientación en un principio y luego la angustia al conocer lo que realmente ocurre. Hay un primer plano de Lewin con su rostro irradiando la desolación de abandonar la ignorancia sobre los sucesos del contexto, que es simplemente para aplausos. Mientras que una simple frase como “no me las rompa, que después me retan a mí” nunca sonó tan amenazante y a la vez tan sumisa ante el nefasto poder de la represión, como en la escalofriante interpretación de uno de los villanos por parte de Juan Cano.
Todo tiene un remate directamente sacado de un recetario de las pesadillas más horripilantes en el fondo de la cabeza de David Lynch (Q.E.P.D).
Patio de Chacales es una verdadera película de terror. Tiene de drama histórico y suspenso, pero el horror es lo que permea toda esta historia que te sumerge en sus fauces, te mastica emocionalmente y te escupe para el golpe de realidad: aún convivimos con los perpetradores, sólo es que no lo sabemos. Escalofríos, tiritones, nervios de punta, te hereda esta película. Cuando te saca del visionado estás sin aire, asfixiado y recuerdas respirar. Cine chileno de lujo y explorando géneros. ¡Tremenda!