Rita es una abogada talentosa pero desaprovechada, que trabaja en una firma dedicada a encubrir las actividades de grandes criminales. Cuando el jefe del cartel, Juan “Manitas” Del Monte, le propone ayudarle a retirarse del negocio y desaparecer, Rita se enfrenta a un dilema inesperado: ayudar a “Manitas” a cumplir su verdadero deseo de convertirse en la mujer que siempre quiso ser: Emilia Pérez.
Lo primero que hay que hacer para ver esta película es despojarse de todo el odio que la ha rodeado últimamente. Estamos insertos en una sociedad que alimenta la tirria, como zombies que siguen a una horda, de fácil manipulación, cuando se trata de destruir algo en respuesta a su éxito y reconocimiento, incluso cuando ni siquiera han visto la obra.
Trabajan prejuicios sobre prejuicios, y así es como se tiende a buscar abolir la posibilidad de creación de proyectos originales. ¿Por qué no se podría contar la historia de un narco que busca concretar la transición de género? ¿Por qué ésta no podría ser un musical? ¿Y por qué no podría ser un musical diferente al que nos tiene acostumbrado Hollywood, o incluso Bollywood? Este es un trabajo muy poco común, cuyo tratado melódico es más poético, más de recitar antes que mostrar el desplante de una gran voz, pero musical al fin y al cabo. La fórmula cambia. No es perfecto, estamos de acuerdo, pero en el género funciona bien.
La película incorpora muchos temas y, quizás, no resuelve todo de buena manera, pero al menos se atreve a ponerlos sobre la mesa. ¿Acaso hay tópicos ahora intocables?, puede ser una interrogante válida. Pero la verdad es que el arte no tiene límites. Se crea algo, se libera al mundo y luego el artista lidiará con las consecuencias. Pero coartar la libertad de creación es coquetear peligrosamente con la censura.
Así, el francés Jacques Audiard se toma la libertad de contar una historia extraordinaria, bordeando lo utópico, de liberación y redención, pero aún así de condena. El director, en tanto artista, inserta esta trama en el centro de una problemática gigantesca que ha marcado a México. Habla de las miles de desapariciones, de la violencia inundando las calles, de las imparables muertes que se acumulan en titulares. Y también de cómo existen mujeres que se ven entrampadas de las más diversas formas en medio de un fuego cruzado no sólo literal, sino que también simbólico, que las golpea de distintas maneras: un cuerpo que no corresponde, un hijo perdido, un marido abusador, un padre que inculca la brutalidad como estilo de vida.
Y en cuanto a la falta de representación mexicana en la producción, lo evidente es que Audiard convocó las personas que consideró más adecuadas para darle sustento a lo que se traía entre manos. Unos cuantos son locales, el resto no era lo que buscaba. Es su decisión.
El odio que ha generado la película es precisamente lo que la hace aún más interesante. Es una película para discutir, para reflexionar, para debatir. En ese objetivo cumple absolutamente. No se olvida fácilmente.
Zoé Saldaña está sobresaliente en un papel dramático que tiene fuerza, aún cuando se ve presa de una cultura machista y de las circunstancias que la conducen a conocer a Manitas. Karla Gascón da luces de que brillará aún más en el futuro. Mientras que la vapuleada Selena Gómez se defiende con el material que le entregaron, y se la pusieron bastante difícil.
Los diversos acentos del español ocupados en la película están justificados y son el menor de sus problemas. El público latino ve mayormente las producciones dobladas y ha provocado que los cines programen en su mayoría funciones con los doblajes horribles, gracias a los que hasta las películas de terror parecen malas comedias, y ¿ahora se quejan por la mala pronunciación de un personaje cuyo lenguaje nativo no es el español? Por favor, un poco de seriedad.
Cierto: el guión a veces se pisa la cola con diálogos que suenan improbables en español -no precisamente por su acento-, saltos temporales que aceleran innecesariamente el ritmo de las cosas y arroja interrogantes sobre asuntos que han tenido respuestas en minutos previos. Pero su principal falencia radica en que todo lo potente de la historia alcanza un cierre más bien torpe, soso, poco lúcido; por decirlo de manera amable. A pesar de eso, sigue siendo coherente con el espiral de malevolencia del contexto en que operan los protagonistas. El remate no es esperanzador, es más bien la agonía del que permanece.
El nivel de osadía y descaro de Jacques Audiard con Emilia Pérez es simplemente para celebrar. Plantea una historia diferente en torno al narcotraficante, una que explora la represión de las personalidades y la tóxica mimetización en un ambiente negativo que termina escribiendo -más bien dañando- las vidas de miles de personas.
El director quiere establecer ciertos tópicos sensibles y el problema es que las audiencias masivas aparentemente no están preparadas para recibirlos de otra manera que no sean el drama torturador y la emoción agobiante. O siquiera tienen la madurez o educación para enfrentarlos, cuando la palabra “vaginoplastía” es capaz de detonar risas nerviosas en una sala de cine. Menos aún en entornos machistas y transfóbicos que, lamentablemente, son más vociferantes y obtienen una repercusión inusitada en la masa gracias a las redes sociales.
Y por último, si nos vamos a poner a juzgar películas por los clips que se viralizan en TikTok, estamos simplemente perdidos y ante una debacle sin precedentes sobre la apreciación cinematográfica.