Babygirl

Reseña de Babygirl: El caos de una pasión

Romy es una CEO que inicia una aventura con su joven practicante, Samuel, a espaldas de su marido. Esta ardiente relación extramatrimonial le permitirá encontrar el camino hacia su libertad sexual, a pesar del riesgo y los prejuicios.

La directora Halina Reijn está construyendo su filmografía en torno a un apostolado sobre las caóticas situaciones que pueden detonar las emociones humanas. Hace dos años la premisa giraba en torno al temor, la paranoia y las redes sociales en un ambiente enclaustrado con una muerte en medio en su notable Bodies, Bodies, Bodies (2022); ahora en Babygirl explora las dinámicas de poder, el placer y algo de la insensibilidad de la robotecnia como receta para la debacle, aunque con un fuerte compromiso femenino y hasta declaración de principios.

Algo absorbe -inevitablemente- de entregas de antaño como Fatal Attraction (1987) o Disclosure (1994), pero defiende su propio terreno, sienta sólidas bases más realistas y hasta se vuelve tan interesante de ver como Eyes Wide Shut (1999). Al mismo tiempo no quiere ser tan insignificante o superficial como recientes trabajos de exploración psicológica sexual que han logrado éxito, como 50 Sombras de Grey o 365 Días; algo que logra vistiéndose de drama convincente y plausible, con los pies en la tierra y definiendo sus intenciones de exploración psicológica de los personajes, pero aún así con un sentido estético tremendamente llamativo.

A diferencia de otros thrillers eróticos, Babygirl no predispone al espectador ante un villano, la maldad o la tragedia. Aquí no hay algo enfermizo detrás, solo una pieza faltante en un panorama que parece perfecto, una carencia que angustia. Por eso, la película sabe naturalizar que la relación entre los protagonistas es algo fortuito, que se nutre del desconcierto para descubrirse ellos mismos y que es muy probable que algo así suceda. Ella está en la búsqueda de un detonante, él es más bien un espíritu libre que engancha con una situación en que distorsiona las líneas del ejercicio de poder y se deja llevar por la experimentación. Entonces, en un momento la trama empieza a medir a qué costos se llega a desatar una pasión por largo tiempo frustrada y, por lo mismo, postergada y acongojante. Práctica que hace a la entrega realmente interesante.

Nicole Kidman es clave para que el juego funcione. Hay situaciones tremendamente intensas que despliegan su candente encanto sólo con miradas de largo aliento. A veces desafiante, a veces sumisa. La actriz transmite sin una palabra lo que su personaje tienen en mente. Mientras Harris Dickinson potencia las coreografías que ambos tienen juntos, con un magnetismo que es ineludible. Te sumerge en la ambientación, alimenta la atmósfera, pone una cuota de sensibilidad a lo que está en ejecución. Hace que la audiencia caiga, convencida, en el tira y afloja de las formas de control.

Su valor más portentoso es que la película no busca escandalizar gratuitamente, por el contrario, encanta al espectador con una fotografía que irremediablemente conquista los ojos por su sensualidad y presencia cromática, así como altera el sentido auditivo con una banda sonora de alta selección para momentos cumbres de su narrativa. Junto con eso, declara que la probidad no tiene directo vínculo con el sistema moral hegemónico de la sociedad y cómo ciertas nociones sobre la sexualidad permanecen enquistadas en el inconsciente colectivo perpetuando pensamientos retrógrados.

Lo llamativo es que Babygirl no es tanto la liberación sexual explícita -claro, eso es parte importante aunque funciona más bien como un conducto para el fin último-; más bien pone en relevancia el reconocimiento del deseo como algo innato en lo humano, además de su aceptación en distintas formas y exploraciones. Coartado, este puede comenzar a distorsionar la felicidad, arruinar realidades y derribar entusiasmos.

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