Reseña de Nosferatu: Una monstruosa experiencia que drena tu energía ¡Fascinante!

Nosferatu cuenta la historia de una joven que es víctima de un vampiro completamente enamorado de ella.

Si hay alguien que ha demostrado manejar con maestría el folk horror en los últimos años, ese es Robert Eggers. Lo increíble es que el director tiene cuatro largometrajes en su filmografía y todos son proyectos sobresalientes que giran en torno a terrores pasados, místicos, paranormales, incorpóreos; pero que inevitablemente conectan con el comportamiento humano en sus profundidades más retorcidas, colisionando con las convicciones sociales en distintas épocas. Es el miedo del individuo interceptado por las tradiciones que condicionan la vida y las consecuencias que tiene en el devenir de sus protagonistas.

Lo que el cineasta hace ahora con Nosferatu no es muy diferente a lo que cultivó previamente. Eggers toma un ícono del cine, la cara más prístina del terror de la cultura mundial, y lo hace propio. Y, a pesar de ser un remake, la película se siente fresca, novedosa en sus rincones, horripilante en sus únicas formas.

Tiene una estética extremadamente oscura, que parece emanada del expresionismo. Figuras no del todo uniformes, que se pierden en las sombras y sorprenden en las tenues luces, inundan los cuadros. A veces te tiene entre cerrando los ojos, como para descubrir que hay allí, pero no lo ves. Y mientras intentas destapar lo que acecha, te inunda el temor a lo desconocido, a la amenaza constante, eleva el pulso y ciertamente el potencial de la obra.

Mucho también depende de las interpretaciones. El director entrega planos frontales en que los actores transmiten el horror y el pánico que padecen, aunque no siempre deja ver lo que provoca tal reacción. Hay una escena particularmente espeluznante consumada en grotescas gesticulaciones entregadas por Lily Rose-Depp, que está sacada directamente del material que nutre las pesadillas. En tanto que Bill Skargard recompone su reputación tras el nefasto remake de The Crow, con un Conde Orlok imponente, que te hiela la sangre con su voz de acento cargado y te pone a temblar con su silueta, con el avance de su sombra.

Y ahí están las ratas. Por todos lados. Al menos cinco mil de ellas en pantalla son reales. Inundan la esquinas de los cuadros góticos pintarrajeados por una cinematografía simplemente descollante y efectos prácticos que revuelven las tripas, con deformidades, secreciones, viscosidades, cuerpos retorcidos. Y más ratas. Invaden todo con su peste, conduciendo el mal por los recovecos de humanos en putrefacción, sumidos en la desesperación, desolados, desorientados.

El visionado de Nosferatu se vuelve toda una experiencia gracias a las actuaciones soberbias de su elenco principal, su estética lúgubre, su mística folklórica y su atmósfera ominosa. Es una exploración de la obsesión y la toxicidad en una relación de dependencia. Perversamente erótica. Monstruosa en sus detalles más finos. En esos silencios que congelan la piel, se esconde la maldad omnipresente. La película te drena la energía como si tuvieses un vampiro colgado al pecho succionando tu sangre, implacable, sin piedad, enroscándose en su goce.

Es la película favorita del último año con vampiros, flanqueada firmemente por Abigail. Y, sin duda, una de las mejores películas de los últimos meses.

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