Reseña de Mufasa: Una road-movie con tintes políticos y la justa medida de melodrama, aunque con unas cuantas falencias

En Mufasa: El Rey León, la historia presenta a Mufasa como un cachorro huérfano, perdido y solo hasta que conoce a un simpático león llamado Taka, heredero de un linaje real. Este encuentro fortuito pone en marcha el largo viaje de un extraordinario grupo de excluidos en busca de su destino. Sus lazos se pondrán a prueba mientras trabajan juntos para eludir a un enemigo amenazante y mortal.

Muchos podrán decir que esta es una película completamente innecesaria. Y si se piensa en el aire misterioso de la mitología que supone a Mufasa como el rey ejemplar, quizás es mejor dejar en paz la intriga de su ascenso a la cabeza de la monarquía selvática. Disney lo ha intentado antes y ha fallado estrepitosamente. Solo, la historia con el pasado del contrabandista de Star Wars convertido en héroe de la Resistencia, es el peor testimonio de esos esfuerzos.

Aún así, Mufasa: El Rey León justifica su existencia, proponiendo una exploración que no deja de ser interesante. En un comienzo, todo apunta que el protagonista vive en la comodidad de su privilegio y que el camino a heredar el liderazgo de su manada es una línea recta. Pero no, el destino quiso otra cosa, o al menos así lo plantea esta película del director Barry Jenkins, dándole una vuelta más larga al joven león, pero no por eso menos atractiva.

Mufasa ve torcida su realidad por los embates de la naturaleza y termina como un expatriado en tierra de desconocidos. Así debe adaptarse a toda una nueva situación que lo lleva a curtirse como una figura diferente al resto de los machos.

Ese escenario lo conduce a explorar su potencial bajo el alero de la sabiduría femenina de una madre adoptiva, mientras descubre talentos y habilidades que de otra manera habrían quedado dormidos en su interior.

Apartado por los pares de su nuevo entorno, aunque apoyado por su hermanastro, Mufasa rápidamente demuestra su valentía y los primeros destellos de liderazgo, cuando su manada se ve atacada por una amenaza que lejos de ser sólo alimentada por el odio y la rabia, tiene un sustento contundente para la ira de su venganza: la discriminación.

La fuerza antagonista es el fruto de un sufrimiento causado por la malicia de la sociedad que expulsa al diferente. Tal marginación alimenta el sufrimiento y, como es sabido, el sufrimiento conduce al odio.

La película tiene mucho para decir mientras hace crecer una trama que luego se vuelve una especie de road movie, mientras nuevos (pero conocidos) aliados surgen en el camino y se suman a Mufasa. Esto al mismo tiempo que sufren una persecución política, tras un “pintoresco” golpe de Estado que se hace al ritmo de una las canciones más atractivas del metraje, en voz del villano Kiros, interpretado por el mismísimo Mads Mikkelsen. Glorioso momento.

Esas son las sensibilidades del director de Moonlight que se dejan entrever en las formas y fondos de esta historia con guión de Jeff Nathanson. El realizador dice muchas cosas a través de las dos horas que dura la entrega, pero sobre todo habla de la necesidad de formar una comunidad para sobrevivir, mientras fustiga el individualismo. Si estás solo morirás, con una red de apoyo al menos tienes un mecanismo de defensa para enfrentar la vida.

Esto junto con sumarle una correcta dosis de melodrama, que justifique traiciones y el cambio de dinámicas entre Mufasa y Taka, dándole sentido a esa dualidad de relación familiar/enemistad que los vincula de adultos, como se ve en la película original y que termina por tener trágicas consecuencias.

Pero claro, no todo funciona, porque hay momentos en que esa necesidad patológica de Disney de imponer chistes y un humor que no aporta mucho en sus producciones, tiende a volverse reiterativa y hasta molesta.

Los alivios cómicos de Timón y Pumba, que prácticamente no tienen nada que hacer en esta historia, interrumpen la épica del viaje y la conexión emotiva de la película con el espectador. Eso se percibe sobre todo cuando lanzan bromas extra narrativas, muy al estilo de lo que pasó recientemente con la engañosa Moana 2.

Por otro lado, si bien el CGI mejora bastante al combinarse con los paisajes reales, aún no es del todo convincente. Los animales tienen más expresiones y denotan gesticulaciones, pero las melenas no conquistan el ojo.

Además, hay una primera escena musical que parece más un tras bambalinas del trabajo digital, antes que una secuencia propia de la película. Se ve muy extraña, porque se resalta cómo la mayor parte de lo que se está viendo son pixeles sobre pixeles, poniendo en duda el título de “acción real”.

En tanto que, en el final, existen un par de decisiones en torno a coincidencias y a exageraciones que buscan provocar una sensación de bienestar efímera en el espectador, pero realmente no son necesarias y terminan por golpear la percepción de lo que se está contando en su conclusión.

Eso sí, tales aspectos aunque son molestos no son suficientes para matar del todo la experiencia. Mufasa: El Rey León remueve las arenas movedizas del origen de la tirria fraternal entre el personaje titular y el clásico villano Scar. Es una historia cuya columna vertebral muestra el tacto narrativo y visual de Barry Jenkins, aunque ese trabajo se vea golpeado por la mano agotadora y totalitaria del estudio del ratón, que nunca dejará libre la creatividad de sus talentos. Aún así, la aventura se vive a lo grande, sobre todo si se ve en IMAX y con las voces originales en inglés. 

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