Años después de presenciar la muerte del admirado héroe Máximo a manos de su tío, en Gladiador II, Lucio (Paul Mescal) se ve forzado a entrar en el Coliseo tras ser testigo de la conquista de su hogar por parte de los tiránicos emperadores que dirigen Roma con puño de hierro. Con un corazón desbordante de furia y el futuro del imperio en juego, Lucio debe rememorar su pasado en busca de la fuerza y el honor que devuelvan al pueblo la gloria perdida de Roma.
La historia Gladiador siempre ha sido sobre venganza y poder. Cuando parece que Ridley Scott va a repetir la fórmula, el director es capaz de probar que no tiene eso en mente. Desvía el argumento hacia nuevos horizontes y forja un tejido conectivo intrínseco con la primera entrega, pero defendiéndose en su propia ley.
Siendo sincero, esto podría haber sido una catástrofe de proporciones bíblicas. Sobre todo después de que Ridley Scott últimamente había entregado producciones más bien inestables o poco atractivas, como La Casa de Gucci o Napoleón. Las historias grandes estaban, pero no funcionaban como la maquinaria aceitada a la que nos acostumbró el director cuando sumaba un crédito a su filmografía.
Dicho esto y tras haber visto la secuela, afortunadamente se puede decir que la película es realmente épica. Es grande, se siente contundente en términos narrativos y visuales. Pero por sobre todo es entretenida, te hace sentir que es una de las razones por las que vamos al cine.
La secuela actualiza su envergadura para lo que se puede hacer hoy en día en el cine. Transforma todo lo que ofrece en un espectáculo, desde las batallas en el Coliseo, pasando por las intrigas políticas, los combates cuerpo a cuerpo y hasta el melodrama que se arma de una manera tan atrapante, como ya se quisiera la telenovela del momento.
Como era de esperarse se aprovecha del morbo del espectador, como si estuviese sentado en las galerías de la arena, ávido de pan y circo, para construir una historia lo suficientemente llamativa, tanto cuando está en el punto álgido de las luchas como cuando se adentra en los callejones de Roma y en esos salones de los patricios donde ocurre todo el intercambio de poder, en medio de demostraciones de opulencia y extravagante locura. Es la ponzoña de esas transacciones verbales y el aura maligna que las rodea lo que mantiene el espíritu de la trama.
Así se vuelve positivo ver a Paul Mescal en un rol que es mucho más grande, extrovertido, potente y tremendamente físico, a diferencia de los trabajos con los que se dio a conocer anteriormente, donde cultivó personalidades más mesuradas. Está ampliando su rango interpretativo. En tanto, Pedro Pascal ofrece un papel mucho más agobiado por las angustias de cumplir órdenes y arrasar con todo a su paso, siendo el general que comanda las legiones romanas.
Pero quien realmente se luce en todos los aspectos es definitivamente Denzel Washington. No se guarda absolutamente nada. Entrega una interpretación poderosa, perversa, cargada de ambición y pasiones desatadas, para pulir un personaje que es más bien ambiguo y cuyos objetivos son oscuros cuando se van desentrañando y saliendo a la luz.
Si hay algo que criticarle a la película es el CGI, sobre todo cuando se aplica en los animales y particularmente en los monos, tal como se podía apreciar en los tráilers, es lo que deja bastante por desear. El rinoceronte está decente, las imperfecciones de los tiburones pasan casi desapercibidas; pero lo de los primates es la nota negra en la excitación que provoca la película.
Gladiador II es interesante, tiene giros llamativos que te mantienen en su ficción, ilustra todo de una forma bastante divertida, contando con un escenario que resulta atractivo y nunca aburre en las dos horas y media de metraje. Es lo que se espera de un blockbuster de Hollywood: entretención, acción e intriga. No teme a hablar del ejercicio del poder político como una tiranía comandada por dementes, así como del poder que tiene el pueblo si se une y manifiesta su inquietud, cuando los políticos son criaturas que velan sólo por intereses propios.
Tenemos una digna secuela para el clásico del 2000 y ganadora al Oscar a Mejor Película. Cumple absolutamente con las expectativas y termina siendo una producción con la que Scott bien puede decirle a los historiadores que se vayan al carajo por cuestionarle su poca precisión, porque lo que está haciendo es una ficción inspirada por un contexto histórico, pero una ficción al fin y al cabo.