Anora, una joven trabajadora sexual de Brooklyn, tiene la oportunidad de hacer realidad el cuento de Cenicienta al conocer y casarse impulsivamente con el hijo de un oligarca. Pero cuando la noticia llega a Rusia, su cuento de hadas amenaza con derrumbarse, ya que los padres se desplazan a Nueva York con la intención de anular el matrimonio.
Cuando escuchas el nombre de esta película, no sabes a qué remitirte. Claro, es la historia de una mujer ¿pero en qué contexto? ¿Cuál es su argumento? El significado de Anora viene desde el latín para evocar la palabra honor. O, como se dice en la película, también apunta a algo brillante.
Y sí, la protagonista está constantemente defendiendo su honor propio, su derecho de existir en el mundo. Como mujer, como trabajadora sexual, como esposa fugaz. Su fortaleza la hace brillante y con eso ya hay suficiente justificación para ver lo nuevo de Sean Baker, una de las mejores propuestas cinematográficas de 2024 y, por cierto, ganadora de Cannes como Mejor Película este mismo año.
El cineasta ha caracterizado su filmografía por su exploración de dramas sociales y marginados aquejados por la incertidumbre de la vida diaria. Siempre con un respeto distintivo por lo retratado. Es ese tacto que hoy lo lleva a experimentar un poco más allá con Anora y hasta se propone coquetear con la comedia de situaciones, en una fusión de géneros que funciona a la perfección.
Anora, la protagonista interpretada por una genial Mikey Madison, es muy consciente de sí misma. Defiende su territorio. Tanto cuando anda de cacería por el club de strippers, buscando al candidato más adecuado para el
VIP; como cuando se compromete con esa pesadilla que conoce una noche.
Vanya, el hijo de un traficante ruso, básicamente es la representación de todo hijo de poderoso o adinerado que cree tener la libertad de hacer lo que se le antoje sin que el peso de las responsabilidades le caigan encima. El “hijito de papá” que siempre va a ser salvado por su ascendencia.
La película ilustra el ultraje de los ricos y poderosos con una presencia avasalladora y aplastante ante la clase trabajadora. El joven inmaduro, caprichoso y estúpido que irrumpe en la vida de una obrera nocturna, para corromper toda su rutina. Mientras Anora ve una oportunidad para tener una realidad distinta, consciente de los riesgos, decide tomarla; Vanya, en tanto, solo busca escapar de tener un propósito en la vida, sometiéndose a las imposiciones paternales. Baker no es burdo, pero barre el piso con la descendencia malcriada de los privilegiados.
Aún así no es una película de héroes o villanos. Es gente que convive y llega a un punto de encrucijada, con resultados positivos y negativos. De hecho, hay varios personajes que quedan atrapados en medio, como representando a los espectadores incómodos por las engorrosas experiencias que se ven obligados a enfrentar. Ellos solo enriquecen la experiencia.
El espectador se presenta así ante la distorsión de la idealización del cuento de la Cenicienta, hecha con la sensibilidad de un cineasta que no estigmatiza el mundo de las bailarinas eróticas, más bien lo abraza como lo que es: un trabajo más en el esquema de la sociedad. La nobleza de Anora radica en mantenerse viva, más que en conseguir una billetera abultada. Por eso su arco culmina adecuadamente con un sexo desinteresado pero de consuelo, sellado en lágrimas derramadas de frustración; ambas son transacciones de afectos maltratados, pero rituales de fortaleza para continuar adelante.