En Terrifier 3, Art The Clown despliega su maldad, llevando la tensión y el horror a nuevos niveles de caos sobre los desprevenidos residentes del condado de Miles durante una tranquila Nochebuena.
A estas alturas, con una tercera película, la saga Terrifier no necesita mayores presentaciones, el combo está establecido: el más reciente bebé putrefacto del género splatter que se coló en el mainstream y está cosechando el éxito gracias a su fórmula de brutalidad explícita, mientras deja un regadero de tripas y hemoglobina repartidos en el camino.
Es que el engendro creado por el director Damien Leone logró superar la paupérrima naturaleza de su película original, en base al diseño de un personaje de perfil estético icónico y psicología perturbadoramente silenciosa, que logró instalarse en el inconsciente del fan del terror de manera firme, además de suponer un desafío para el público general que usualmente no consume este tipo de producciones.
La fortaleza de su horrorosa base logró asentarse con firmeza gracias a una segunda película que mejoró la forma de contar su historia y entregando escenas aún más grotescas para el prontuario de payaso Art. Así mismo, le otorgó una naturaleza sobrenatural que hizo crecer su mitología, ampliando sus horizontes para el futuro.
Y el futuro es ahora, con una brutalidad extrema, efectos prácticos que revuelven el estómago y escenas tan repugnantes que se te quedan en la retina en Terrifier 3.
Cuando el espectador acude a ver esta película, sabe lo que busca. No hay mucho caso en negar o condenar su naturaleza estrafalaria y totalmente incorrecta, solo hay que digerir una trama que no le pide permiso o le teme a nadie.
La franquicia tiene la justificación perfecta para que Art, The Clown, vuelva al plano terrenal para cometer sus fechorías y luego viene el descenso directo al infierno. La película se da el lujo de hablar del trauma y la inestabilidad mental de la protagonista; en paralelo con el descuartizamiento y mutilación de quienes se cruzan en el camino de la masacre.
Sumado a eso están los planteamientos contra fanatismos, creencias sociales y hasta religiosas. Lo intocable de los niños se va al carajo, la existencia de un Dios salvador también, las festividades que suponen un lugar de encuentro para la familia son obscenamente corrompidas. Esta secuela no respeta nada y es mejor que los hipersensibles se abstengan de verla, porque de lo contrario les hará explotar la cabeza.
Puede que por momentos la película extienda más de la cuenta situaciones que no merecen mayor desarrollo o trastabille en el montaje haciendo parecer que hay escenas perdidas en el corte final; pero el espectador que va a ver Terrifier 3 sabe lo que busca y la película cumple con el regadero de sangre y el cercenamiento de partes corporales. Y sí, como la escena de la colgada en la 1 y la de la cama en la 2, la tercera también tiene una grotesca escena icónica de antología, esta vez en una ducha.
Con una vibra muy ochentera en su banda sonora repleta de siniestros sintetizadores, una especie de propuesta de “volver a lo básico” tanto en su línea argumental como en lo visual y un humor tremendamente burlesco, Terrifier 3 le disputa el puesto a su antecesora como la mejor de la saga.
Esto guardando las proporciones de que es una producción que juega sola en su propia caja de arena sangrienta, porque hoy no tiene competencia en el terror. No por nada se ha vuelto la película sin clasificación más taquillera de la historia, acumulando más de 55 millones de dólares recaudados sobre un escuálido presupuesto de apenas 2 millones. Además de suponer un electroshock para una industria que le teme a todo lo que está más allá de la clasificación R o para mayores de 18 años. ¡Todo un hit!