El Aprendiz es la historia de cómo un joven Donald Trump inició su negocio inmobiliario en Nueva York durante los años setenta y ochenta.
Esta es una película que inevitablemente va a desatar las pasiones. No porque sea buena o mala, como acaba de pasar con el desastre de Joker 2, sino porque se apropia de una figura política relevante y crucial a propósito de la coyuntura de las próximas elecciones en Estados Unidos; y, prácticamente, la destruye.
Quizás no es tanta la devastación que provoca, pero sí deja muy mal parado al ex presidente norteamericano que está a punto de hacerse con el poder nuevamente. Aquí conocemos el punto en que Donald Trump se corrompió. El cómo decantó hasta ser el magnate despiadado como se le conoce hoy.
Se trata de un cuento de advertencias, sobre cómo la ambición desmedida infecta a la persona, la transforma y, en el fondo, la deforma. Todo envasado en un delirante envoltorio que es tan gracioso y entretenido como grotesco y dramático, gracias a los personajes que habitan la trama.
Las actuaciones aquí son realmente increíbles. Sebastián Stan muestra todo su potencial interpretativo convirtiéndose paulatinamente en Trump. Parte muy natural, sin tics, sin mayores gesticulaciones; para luego ir cambiando incluso sus formas corporales para ponerse en la piel del ex presidente norteamericano.
Otro gran bastión que sostiene esta película es Jeremy Strong, cuyo retrato del mentor de Trump, Roy Cohn, es sinceramente soberbio. El hombre le da todo el poder a su personaje. Lo muestra como una persona malvada y que se jacta de eso. Alguien que, a pesar de sus propias falencias, es el artesano que realmente cultivó a Trump. Quien le enseñó a ser sinvergüenza y lo despojó de los cuestionamientos éticos que lo enjaulaban. Todo muy repulsivo.
Uno de los grandes aspectos que tiene El Aprendiz es que explora y no teme a mostrar todas las cochinadas que se hacen tras bambalinas, cuando se busca construir y moldear el escenario político y económico de Estados Unidos. No hay mucho filtro y no se contiene con nada. Presenta un panorama donde el que tenga la estrategia más sucia, gana; buscando anular rivales a punta de evidencias con conductas aberrantes ejecutadas por quienes manejan el poder.
El perfil del empresario próspero queda al desnudo aquí, exhibiendo obscenamente todas sus extravagancias. Es que estos señores operan bajo el manto de un código moral propio o, más bien, de inmoralidad. Todo vale se podría decir, sin importar que arrasen con lo que tienen a su paso, ya sean sus oponentes, sus cercanos o el perraje del resto de la población. La intención es acaparar lo que más puedan, llenarse los bolsillos; pero el problema es, justamente, y que valga la redundancia: que no se llenan nunca. Terminan absorbiendo o afectando todo a su alrededor, sin importar los cuestionamientos que le hace la sociedad en general.
Mientras no tiene vergüenza ni siquiera al esbozar los antecedentes de violencia sexual en la vida privada de Donald Trump, lo interesante y paradójico es como en un principio la película te hace empatizar con la figura del magnate, presentándolo como un joven ambicioso que quería ser mucho más en la vida. Alguien que tenía aspiraciones grandiosas, aunque éstas se debían principalmente a la búsqueda de aprobación de parte de su padre, un hombre que no se ve impresionado con nada y que está constantemente exigiéndole a sus hijos resultados; o sea, que administra su familia como si fuese una empresa. De ahí para adelante ya tienes el ejemplo que sigue Trump hasta que entra Roy Cohn, quien termina de forjar su identidad.
El Aprendiz se trata de una película que muestra el ascenso de una figura de poder relevante en el escenario estadounidense, y que ahora mismo ya tiene su mejor marketing, porque el mismo Donald Trump la condenó diciendo que se trataba de una producción difamatoria en su contra. Sólo por esa afirmación ya merece ser vista. El candidato presidencial republicano acusó recibo del golpe y sus furiosas declaraciones son la manifestación del dolor que le heredó.