En Joker 2: Folie à Deux, Arthur Fleck está internado en la institución mental Arkham en Ciudad Gótica, a la espera del juicio por sus crímenes cometidos. Mientras lucha con su doble identidad, Arthur no sólo descubre el amor, sino la música que siempre ha estado dentro de él.
La verdad es que Joker 2 inevitablemente va a ser una película divisiva. Los que querían más de lo mismo, no lo van a encontrar de manera tan precisa. Y los que esperaban innovación y riesgo con un personaje que parece ya no tener novedad o frescura, probablemente se sentirán incómodos con el resultado por las decisiones creativas.
Dará mucho que hablar porque le resta al espíritu de la película original y añade a la mezcla elementos que incluso son temidos por los estudios hollywoodenses. Por lo que las 2 horas y 18 minutos de metraje dejan más bien sensaciones conflictivas.
Sinceridad ante todo, lo nuevo de Todd Phillips no es la catástrofe que andan pregonando por el circuito de festivales o lo que se dijo en la previa a su estreno; pero tampoco es la caótica y sorpresiva obra maestra que fue la primera entrega. Lo que pasa es que en su visionado se disfruta, no aburre; los problemas surgen cuando el espectador comienza a digerir lo que vio. ¿Acaso las expectativas traicionan? Puede ser.
Una cosa es absolutamente clara y también argumento indudable que sustenta cierta insatisfacción: Joker 2 prácticamente anula el trasfondo social de su antecesora y mantiene en un nivel reducido los comentarios sobre la paupérrima salud mental de un marginado en la sociedad; pero, por otro lado, eleva considerablemente el nivel de espectáculo.
Así, la trama se simplifica hasta un punto que no denota mayores complejidades en su desarrollo, discursos o siquiera claridad en lo que quiere decir. Por lo mismo, ni los personajes ni el escenario que los rodea presentan mayores alteraciones a través de la historia. Se siente que ni siquiera cuenta mucho más sobre los involucrados, dejando la idea de una especie de epílogo de la entrega original, en vez de algo completamente fresco.
Siguiendo la línea del goce y el descontento que provoca Joker 2, las actuaciones aquí están lejos de ser cuestionadas. Joaquin Phoenix se transforma nuevamente en un perturbado Arthur Fleck y Lady Gaga está increíble en todas sus escenas, aunque son pocas para lucirse en solitario. Quizás, con su gran talento, hasta provoquen una sensación de que fue desperdiciada. Ella presenta una Harley Quinn diferente a lo que se había visto hasta ahora. Es más calculadora y psicópata, antes que disparatada y desenfrenada. Eso sí, la conjunción de ambas interpretaciones hace que escenas musicales sean realmente gloriosas.
A pesar de lo que la mayoría pueda pensar, los números musicales son lo que mejor funciona en la película, porque en el fondo si estamos asistiendo al delirio conjunto de una pareja de pacientes mentales, estas presentaciones dejan muy patente el estado cognitivo en el que operan los personajes. Hay que prestarle particular atención a las letras, porque son muy importantes para entender lo que está ocurriendo a nivel interno en Arthur Fleck y Harley. No se trata sólo del encanto de verlos cantar las canciones clásicas que fueron escogidas, sino que la música tiene la misión crucial de ilustrar a los personajes y sus procesos.
Como unidades independientes, las escenas musicales se ejecutan como el gran espectáculo que esta película quiere que sean. El problema es que se van sintiendo como pequeños actos de alta rimbombancia que interrumpen el argumento. O sea, luego de un episodio dramático nos vamos a negro y aparecemos como si nada en un escenario para que comience una y otra vez el show.
Por otro lado, la fotografía es realmente increíble. El uso de de las tonalidades, de la saturaciones, las texturas, es realmente delicioso de ver. Sobre todo porque se aprovechan muy bien las luces. Pinta cuadros con su cinematografía. La suciedad, perversión y oscuridad de Ciudad Gótica, la urbe ya menos putrefacta en sus rincones con el Joker encerrado, se ven hermosos.
Sin embargo, el inconveniente de Joker 2: Foliè a Deux es que la película es precisamente como el concepto del síndrome psiquiátrico que utiliza en su título: un delirio. Desde su concepción creativa, con la que se busca someter al espectador ante muchos géneros, se quiere abarcar más de lo que puede y, por lo mismo, no termina de convencer.
Está el drama carcelario, está el musical, algo de romance y luego el drama judicial. Hay tintes de un humor bien oscuro, como el que se vio en la primera película, pero mezclados con elementos que no terminan de decantar.
Le pusieron el acelerador al espectáculo, a la entretención, al anhelo de conquistar a la audiencia con la puesta en escena. Pero también cabe preguntarse hasta qué punto quiere nutrirse del morbo de quien observa, mientras espera ver caer o desmoronarse al protagonista. En una sociedad en que hay muchos fans del True Crime o audiencias muy preocupadas por indagar y escarbar en los detalles escabrosos de crímenes llamativos o de alta connotación social, ¿acaso no estamos siendo víctimas aquí de un sensacionalismo mediático también? Y a partir de ahí, hay otro tema.
Llega un punto en el que te preguntas si este realmente es el Joker o sólo se aprovechó su reconocida marca para asistir a la historia de un paciente psiquiátrico cualquiera con un cuento llamativo. El retrato del payaso psicótico o el anarquista sin remordimientos con que usualmente vemos asociado a la figura de este villano de Batman, la verdad es que no es tan evidente aquí.
Joker 2 seguramente va a ser de amor u odio para los espectadores. Va dividir a la audiencia sobre todo porque, más allá de lo anterior, también tiene una conclusión controversial que se siente como una decisión súper tajante y hasta apresurada de parte de Todd Phillips para cerrar la historia. Porque en su remate no hay redención, pero tampoco consolidación de la maldad del Guasón. Todo se zanja con la determinación más radical para poner punto final.