Demi Moore interpreta a Elisabeth Sparkle, una ex estrella de primera categoría que ha pasado su mejor momento y es despedida repentinamente de su programa de televisión de fitness por el repulsivo jefe de estudio, Harvey (Dennis Quaid). Rápidamente, se siente atraída por la oportunidad que le presenta una misteriosa nueva droga: La Sustancia.
Esta es la mejor película de body horror que verás en mucho tiempo. Azota diversos aspectos de lo social y psicológico en torno al ser humano, mientras no teme modelar los encantos del «recipiente» del alma humana tanto como se esmera en destruirlo.
Coralie Fargeat hace una crítica brutal del uso del cuerpo femenino como mercancía estética con fecha de caducidad, a propósito del inevitable paso de los años y los cánones socialmente aceptados sobre los atributos y atractivos que “debe” tener una famosa. Algo que es el nutriente principal de una industria del cine o la TV que sólo sabe de ordeñar a la figura de turno hasta que el púbico esté harta de ella, para luego desecharla en el más miserable abandono. No hay oportunidades para revitalizaciones, la tendencia manda.
La Sustancia es un examen de esa ambición incansable de estar a la moda. Con un perfil que siempre debe parecer juvenil, vital, incluso cuando “la magia” se va perdiendo con el envejecimiento. El «ser útil» mientras se puede aprovechar el encanto visual y el potencial como objeto de deseo. Mientras las carnes están estiradas y turgentes, antes de que se pongan flácidas y las texturas evidencien la edad -ojo con lo de las texturas, esta película se regodea en ellas con descaro y sin ganas de pedir disculpas-.
Pero lo interesante de los planteamientos de Fargeat es que no se trata solo de un cuestionamiento al sistema viciado y despiadado de consumo veloz, demandante, perverso y voraz; sino que también existe una especie de purga ante la idea de que el mismo individuo sea incapaz de controlar su propia ambición de notoriedad y esté cautivo en su fama. Una persona que no puede decir ‘hasta aquí llegué’; siempre quiere más y en mayor cantidad. Esto es el precio de la fama llevado al extremo, cuando la estrella parece tenerlo todo, pero en realidad no tiene nada ni a nadie. Sin red social de soporte, ni menos contención ante sus propios impulsos y anhelos.
Es por estas temáticas que aborda la película en su despliegue visual, lo que la hacen tan hermosa hasta en sus momentos más grotescos. Sabe aprovecharse hasta el hartazgo de los cuerpos en exposición, así como cuando se usufructa de los mismos en un estado de irreparable deformación.
Hay que afirmarse el estómago para ver algunas de las sorpresas que Coralie Fargeat prepara para el espectador. Un talento que la realizadora ya ha demostrado antes. Eso de cosechar la belleza y la entretención en lo violento y desalmado del ser humano: la desgracia como enseñanza. Con personajes que se revuelcan en lo asqueroso de planos detalle de comida siendo engullida; hasta grandilocuentes tomas generales de pulcros colores saturados y amplias locaciones que recalcan la soledad de la protagonista; además de primeros planos de cuerpos despampanantes o amorfos. Todo es consumo, todo es placer, todo es repulsivo.
La forma en que la directora hace que la historia sea tan atractiva como aborrecible es su talento principal para inyectar a la vena los mensajes de shock que entrega La Sustancia. Aquí no se le teme a nada, no se le hace el quite ni a una mirada o sonrisa hipnotizante, ni a una aguja desgarrando la carne. La belleza tiene un precio y no se paga precisamente en monedas. La codicia tiene consecuencias y pueden ser hasta letales.