Tras una tragedia familiar insospechada, tres generaciones de la familia Deetz regresan a Winter River. Allí, la vida de Lydia —quien aún vive atormentada por Beetlejuice— da un vuelco inesperado cuando su rebelde hija adolescente, Astrid, descubre la misteriosa maqueta de la ciudad en el desván y el portal al Más Allá se abre. Con los problemas que se ciernen en ambos mundos, sólo es cuestión de tiempo para que alguien diga tres veces el nombre de Beetlejuice y este travieso demonio regrese para desatar su muy particular estilo de caos.
¿Para qué hacer una secuela después de tanto tiempo, si no es sólo para ganar dinero con personajes que fueron efectivos en algún momento? La nostalgia siempre es efectiva, más si los espectadores que crecieron con esos personajes ahora, distantes de la infancia, tienen poder adquisitivo y pueden decidir ir a verla, presentándosela a nuevas generaciones. Sí, de eso tiene esta película, pero también hay más.
Aquí hay un reconocimiento de que Tim Burton aún tiene el don. Ese espíritu gótico, ese perfil oscuro aunque con tintes de comedia, que sigue funcionando para su beneficio. El hombre quiere dar cuenta de que todavía puede entregar algo por lo que se le reconoció y que ha hecho disfrutar a tantos. Incluso cuando se plagie a sí mismo.
Aquí hay múltiples escenas que juegan al calco, con chispazos de novedad. El diseño del Inframundo sigue entregando golosinas para el ojo. Lo que salta a la vista es pura maravilla, aún más si se escarba en sus rincones y colores. Hay creatividad en ese protagonismo que se le da a los efectos prácticos, que se sienten tan satisfactorios en un mundo dominado por implacables efectos digitales que, en la mayoría de las instancias, no acaban de convencer.
Lo macabro se plasma ahí -con gracia, sin duda-, en la creación de personajes que forman parte del decorado y que evocan mil maneras de morir. Devorados por un tiburón, ancianas escarbadas por gatos, la réferi de una competencia deportiva atravesada por una jabalina, etc. Hay mucha imaginación repartida por ahí. Pura belleza en prótesis y maquillaje.
Eso en complemento con CGIs no del todo pulidas; aunque pareciera que éstas no son un descuido, sino que más bien tienen la intención de ser así para no corromper del todo el paisaje de lo físico, de lo real.
Los inconvenientes comienzan a aparecer al volcarse hacia la historia. La trama se centra principalmente en Lydia (Winona Ryder), su hija Astrid (Jenna Ortega) y su madrastra Delia (Catherine O’Hara); como el trío de mujeres disfuncionales que encuentran un punto común a través de la muerte y el duelo, siempre debiendo enfrentar las extravagancias del bioexorcista que se niega a abandonar sus vidas.
La comunión de la familia disfuncional parece el motivo principal y, está bien, no es novedoso pero es efectivo con buenos momentos de humor y unos cuantos pasajes emotivos. El problema está en ciertos aspectos que rodean esa columna vertebral.
Hay múltiples subtramas que, de eliminarse, prácticamente no alteran el resultado; razón por la que funcionan más como gags distractores entre lo principal. La villana de Mónica Bellucci, Delores, se hace innecesaria porque nunca cobra gran protagonismo o se siente como una fuerza opositora real. Algo similar ocurre con el Wolf Jackson de Willem Dafoe que, si bien entrega momentos cómicos, prácticamente no aporta mucho más.
Por otro lado, la línea argumental de Astrid es tremendamente aburrida al menos hasta que da el giro, porque no se percibe química con su contraparte masculina. Además, ya se hace urgente que la actriz se desmarque de Merlina, a menos que sea ese el papel que está interpretando. Le falta un rol radicalmente diferente que le exprima su potencial.
Eso sí, Michael Keaton vuelve a demostrar el talento que lo caracteriza con un Beetlejuice de escapes hilarantes, situaciones ridículas y hasta asquerosas. Mantiene viva la llama del icónico personaje a pesar del paso de los años.
Lo que hace Beetlejuice Beetlejuice es demostrar que Tim Burton conserva una capacidad creativa con la que logra transportar al espectador a su onírico imaginario. Sin embargo, el director se esmera en no emplear ese talento en algo original que sorprenda. La película es un panorama entretenido en su conjunto, más allá de lo que sobra. Básicamente, una apelación a la nostalgia no del todo redonda.