En El Cuervo, Eric Draven y Shelly Webster son brutalmente asesinados cuando los demonios de su oscuro pasado les alcanzan. Ante la oportunidad de sacrificarse para salvar a su verdadero amor, Eric se propone vengarse despiadadamente de sus asesinos, atravesando el mundo de los vivos y los muertos para saldar sus deudas.
Aquí no hay respeto por nada. No se aprecia el contundente mensaje del cómic de James O’Barr, tampoco la influencia de la adaptación cinematográfica original; quisieron tomar un camino independiente con la base de la trama pero se perdieron en la tarea.
La idea tras The Crow tiene que ver con el amor, el sacrificio, el duelo por la pérdida y la pasión de la venganza. Un alma en pena, un ángel justiciero, retorna a la vida para acabar con sus propios asesinos y los de su pareja. O’Barr quiso exorcizar sus propios demonios con la creación del cómic, fue su forma de procesar el dolor después de que un borracho atropellara y matara su pareja.
La nueva película de Rupert Sanders se despoja de toda esa contundente carga emocional, energética y vital. Propone desde un principio a su protagonista como alguien con problemas mentales, un ente en rehabilitación por quién sabe qué, quien fortuitamente conoce a una chica con la que termina trabando una relación.
Pero es en ese incipiente estado del vínculo cuando le quitan a su nueva motivación de vida. Entonces, la ejecución de su venganza parece más el arrebato de un niño encaprichado con su primera novia adolescente, antes que una persona profundamente herida por perder al amor de su vida, en medio una cruzada justiciera.
El Cuervo que interpreta Bill Skarsgård tiene actitudes ultraviolentas que emanan más de sus propios traumas antes que por la sensación de ausencia. Parece que rompe con todo por un berrinche. Con ello su viaje se hace menos creíble y la motivación primordial pierde fuerza, mientras que su enfrentamiento final carece de sentido.
Por si la debacle de la trama no fuese suficiente, la estética gótica icónica de la película de 1994 aquí ha sido lavada a tal nivel que la propuesta visual se vuelve genérica. No hay una urbe consumida por la pobreza, la violencia inmanente, las drogas, los mafiosos amenazantes o una comunidad acechada por la gentrificación; aquí hay concreto y cristal, líneas rectas, frialdad por doquier, personas que se ignoran y cero discurso en el escenario.
Lo más llamativo en cuanto a visuales es el maquillaje del protagonista y hasta por ahí no más, porque eso también lo arruina esta película y de la manera más incómoda posible: a través del oído. Es que la banda sonora no funciona en ningún momento. No aporta nada. Ni tensión, emotividad, rabia. Es un zumbido constante, inalterable.
Sólo una pregunta desde la indignación: ¿En serio en el momento de la transformación -que debía ser tan oscuramente épica, así como también íntima-, remplazas a The Cure por Enya? El chiste se cuenta sólo. Y eso pasa recién para el tercer acto; o sea, han transcurrido dos tercios de la entrega y ésta no ha ofrecido nada significativo.
La presencia masiva de cuervos digitales son una distracción, las escenas de acción están pobremente coreografiadas, el villano tiene el poder de manipular a la gente con su voz pero le teme a la filtración de un video, hay mucha violencia gratuita que no aporta nada. Todo parece absurdo. Es que, de verdad, no hay nada que resalte o llame la atención en la propuesta.
Rupert Sanders no se cansa de recibir bullying por arruinar obras respetadas. Ya lo hizo anteriormente con Ghost In the Shell en 2017, y hoy no tiene pudor al arruinar El Cuervo de la manera más desalmada posible. El intento por tomar un viaje propio simplemente arroja como resultado un cascarón vacío, carente de identidad y prácticamente sin sustancia. No queda más que volcarse a revisar el cómic original o la adaptación del ’94 para empaparse de los verdaderos sentimientos de esta icónica historia.