Reseña de Nada que Perder: La lucha de una madre contra un Estado fallido

En Nada que Perder (Rien à perdre), Sylvie adora a sus dos hijos pero cuando el menor se lesiona después de que ella lo deja solo en casa para ir a trabajar, el niño es llevado a un hogar de menores. Sylvie librará una batalla administrativa y legal para recuperarlo.

Si hay algo que reconocerle al drama social francés es que siempre sabe tocar las teclas correctas para desatar una respuesta emotiva y visceral del espectador. Este tipo de cine quiere ser tan crudo como sensible y genuino, a partir de un retrato de la rutina interrumpida por un suceso que tendrá devastadoras consecuencias para los involucrados.

La intervención aquí es en una familia cuyo integrante más pequeño comete un error involuntario que termina siendo más grande que él, su hermano y su madre. Esto pone en movimiento a los servicios sociales franceses para que resguarden al menor y eviten que su situación se vuelva más grave.

El tema aquí es que el infante es arrebatado de su núcleo familiar con más violencia que el mismo episodio que detonó la situación. Se rompe con su ambiente, sólo por un incidente doméstico que, con el pequeño a salvo, podría servir como enseñanza para que nunca más volviese a ocurrir.

Entonces surgen múltiples interrogantes: ¿está el Estado preparado realmente para preocuparse por un menor? ¿Sabe lo que necesita ese individuo o solo lo ve como una víctima que hay que remover de su círculo cercano, sin proporcionarle más cuidados? ¿Cuánto se ponderan las relaciones que tiene el niño hasta ese momento para evaluar su futuro bienestar?

La crítica de la película dirigida por Delphine Deloget no es discursiva o aleccionadora, te muestra una y otra vez los errores del sistema, y cómo sus representantes se lavan las manos. Hay protocolos que carecen de sentido; el manejo es con nula sensibilidad humana; el trato con el niño es como si fuese un adulto o, peor todavía, como un objeto que pueden manipular. La falta de raciocinio, el desdén por los cuidados y la nula empatía, parecieran arruinar aún más al infante y a su familia, en vez de que los servicios sociales se sientan más como una ayuda para mejorar. ¿Acaso el sistema está mal diseñado en todo el mundo?

Las dudas se van acumulando, mientras una madre trabajadora se ve sumida en la desesperación. Esto le trae consecuencias personales, laborales y sociales, al corromper lo más profundo de su psiquis y, en consecuencia, su comportamiento. La tragedia se agranda y el dramático escenario sólo se oscurece.

El retrato de la madre es desgarrador gracias a la actuación de Virginie Efira. Su personaje intenta continuar con su vida, para demostrar la normalidad del ambiente en que se desenvuelve el hijo que le quitaron, pero sigue dando pasos en falso que resaltan a la vista de las autoridades y terminan por perjudicarla. Esa mezcla entre querer ser una “ciudadana de bien” y la “madre responsable”, al mismo tiempo que debe lidiar con sus emociones distorsionadas, Efira lo maneja sorprendentemente. Sus estados de ánimo cambian repentinamente en pantalla, solo haciendo crecer a su personaje en medio de la debacle.

El descanso de Hollywood esta vez llega desde Francia y con una película con mucha alma como Nada que Perder. Se trata de un drama intenso con pequeños momentos de humor y muchos cuestionamientos al funcionamiento del Estado cuando se trata de proteger a un menor. La película, en sus 112 minutos, se vuelve una imprescindible de los testimonios sobre situaciones que se viven en la sociedad que quedan invisibilizadas por la burocracia y malas prácticas discretas que intentan no llamar la atención, pero que tanto daño causan.

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